Julia, Mateo y yo. Nos conocíamos desde el primer año de la facultad en Buenos Aires. Habíamos planeado ese viaje a Bariloche durante meses. No éramos montañistas experimentados, pero sabíamos manejarnos en senderos marcados. El plan era subir hasta el refugio, pasar la noche ahí y hacer un par de caminatas por los alrededores antes de que el invierno cerrara los accesos.
El primer día el bosque nos recibió con un sol frío, de esos que no llegan a calentar la tierra pero te obligan a entrecerrar los ojos. El aire olía a pino y a humedad vieja. Todo iba bien. Caminábamos despacio, cargando el peso de las mochilas, subiendo por la picada entre arboles gigantescos. Lo único extraño, si lo pienso ahora, era el silencio. En los bosques del sur siempre hay ruido: el viento arriba en las copas, algún pájaro carpintero, el crujido de las ramas. Ese día no había nada. Era como si el bosque estuviera conteniendo la respiración.
A media tarde, cuando el sendero se volvió más empinado y el sol empezó a quedar oculto detrás de la roca, Mateo se detuvo. Tenía la cámara colgada al cuello. Señaló hacia la derecha, fuera de la picada, donde los árboles se abrían un poco y dejaban ver un filo de piedra gris.
—Espérenme dos minutos —dijo—. Desde ahí arriba se ve el lago completo. Saco dos fotos y los alcanzo.
—No te desvíes mucho —le dijo Julia, sentándose sobre un tronco caído—. La niebla está bajando rápido.
Mateo sonrió, hizo un gesto con la mano y se metió entre los arbustos. Vimos cómo su campera roja se perdía entre el follaje verde oscuro.
Esa fue la última vez que lo vimos. Al menos, la última vez que vimos a Mateo.
Pasaron diez minutos. Después quince. Julia y yo no hablábamos mucho; estábamos cansados. Pero cuando el reloj marcó la media hora, la tranquilidad se transformó en esa molestia sorda que se siente en el estómago antes de que empiece el miedo.
Me levanté y caminé hacia el lugar por donde él había entrado.
—¡Mateo! —grité.
Mi voz sonó extraña, ahogada, como si el bosque se hubiera tragado el eco de inmediato. No hubo respuesta.
Julia se acercó a mí. Nos metimos entre los árboles siguiendo la dirección que él había tomado. El terreno subía de golpe, lleno de raíces expuestas y tierra suelta. Llegamos al filo de piedra que él había señalado. No había nadie. La vista del lago ni siquiera estaba ahí; la niebla ya había cubierto el valle inferior, transformando todo en un mar blanco y espeso.
—¡Mateo! —llamó Julia, esta vez con la voz más aguda.
Nada. Caminamos unos cien metros a la redonda, cuidando de no perder de vista la picada principal. El suelo estaba cubierto de una alfombra densa de hojas secas, pero no había pisadas frescas, ni ramas rotas, ni ningún rastro de que alguien hubiera pasado por ahí hace unos minutos. El bosque parecía haber cerrado sus costuras detrás de él.
Buscamos durante dos horas. El frío empezó a colarse por la ropa y la visibilidad se redujo a menos de cinco metros. La niebla en la montaña no es como la de la ciudad; es un cuerpo húmedo que te envuelve, que deforma las distancias y apaga los sonidos. Sentíamos que si nos separábamos un par de pasos, no volveríamos a encontrarnos.
—Tenemos que ir al refugio —dije, agarrando a Julia del brazo. Estaba temblando—. Está a media hora de acá. Buscamos al guardabosques. Él tiene radio, conoce la zona. No podemos quedarnos acá a oscuras.
Ella asintió sin mirar, con los ojos fijos en la negrura que crecía entre los coihues.
Regresamos al sendero casi a tientas. Caminar en esa oscuridad fue un infierno. Cada tronco nos parecía una silueta humana y el ruido de nuestras propias botas sobre el barro nos sobresaltaba. Llegamos al refugio cerca de las ocho de la noche. Era una construcción de piedra y madera hachada, con las ventanas iluminadas por un resplandor amarillo que, en ese momento, nos pareció la salvación.
El Regreso
Entramos empujando la pesada puerta de madera. El calor de la salamandra nos golpeó la cara. El guardabosques, un hombre canoso y de pocas palabras llamado Vicente, estaba cocinando en una pequeña cocina de gas. Al vernos las caras, dejó el repasador sobre la mesa.
—¿Qué pasó? —preguntó.
Antes de que pudiera responder, la puerta detrás de nosotros volvió a abrirse.
Era Mateo.
Entró despacio, cerrando el picaporte con cuidado, sin hacer ruido. Tenía la campera impecable. Ni una mancha de barro, ni un raspón en las manos, ni una gota de sudor. Llevaba la cámara colgada al cuello, exactamente en la misma posición que antes.
Julia dejó escapar un sollozo que fue más de rabia que de alivio, y se tiró encima de él.
—¿Dónde mierda te metiste? —le gritó, pegándole en el pecho—. ¡Te buscamos por todos lados! Pensamos que te habías caído por un barranco.
Mateo no se movió. Recibió el abrazo de Julia con los brazos caídos a los costados del cuerpo durante un par de segundos, antes de palmearle la espalda de una manera extraña, mecánica, como si estuviera recordando cómo se consuela a alguien.
—Me perdí —dijo. Su voz era tranquila. Demasiado limpia—. Me di vuelta y el sendero ya no estaba. Caminé en línea recta y llegué acá.
—¿En que momento nos alcanzaste si acabamos de entrar? —le pregunté. El corazón me iba a mil por hora, pero no era por el esfuerzo de la subida. Había algo en su tono que no encajaba. Mateo era un tipo ansioso, hiperactivo; si se hubiera perdido en la montaña a oscuras, habría llegado gritando, pidiendo disculpas, con la adrenalina por las nubes. No así.
—Caminé rápido —respondió.
Miró a Vicente, luego a mí, y finalmente a Julia. Su mirada tardó un segundo de más en enfocarse en cada uno de nosotros. Como si estuviera calculando la distancia.
Vicente nos miró de reojo, agarró un par de tazas y sirvió té caliente.
—Tuvieron suerte —dijo, mirando hacia la ventana—. Se viene una tormenta de esas que cierran el cerro por tres o cuatro días. Nadie sube y nadie baja hasta que pase. Acomódense arriba, hay cuchetas libres.
La tormenta empezó esa misma noche. No fue viento fuerte, sino una lluvia mansa, constante, que caía sobre el techo de chapa con un ritmo que terminaba por taladrarte la cabeza. La niebla se pegó a los vidrios de las ventanas como una capa de pintura gris. Estábamos atrapados.
El refugio tenía dos plantas. Abajo la cocina y la mesa larga de madera; arriba, el dormitorio común. Éramos los únicos huéspedes.
El primer detalle extraño ocurrió durante la cena. Vicente había preparado un guiso de lentejas. Nos sentamos a la mesa. Julia seguía molesta, pero el cansancio le ganaba. Yo observaba a Mateo. Estaba sentado enfrente de mí. Agarró la cuchara. Se la llevó a la boca, pero antes de cerrarla, miró a Julia. Ella estaba soplando la comida. Mateo bajó la cuchara, sopló la suya dos veces y recién entonces comió.
Pensé que era una tontería mía. Estaba sugestionado por el susto de la tarde.
Unos minutos después, Julia hizo un chiste malo sobre el frío, una de esas bromas internas que teníamos desde la época de la facultad. Yo me reí. Vicente sonrió desde la cocina. Pasó un segundo entero de silencio. Entonces, la boca de Mateo se abrió en una sonrisa idéntica a la mía. Los ojos, sin embargo, permanecieron abiertos, fijos en mi cara, completamente secos. No se rió con sonido; solo imitó la forma de mi boca. Cuando yo dejé de sonreír, su rostro volvió a quedar serio en el mismo instante, como si alguien hubiera apagado un interruptor.
Esa noche no pude dormir.
El dormitorio de arriba estaba a oscuras, salvo por la luz de la luna que se filtraba de forma difusa a través de la niebla. Las cuchetas eran de madera y crujían con cada movimiento. A mi izquierda, escuchaba la respiración pesada de Julia. A mi derecha, en la otra cucheta, estaba Mateo.
No se movió en toda la noche.
Sé que suena exagerado, pero cuando estás en un silencio así de profundo, aprendés a escuchar los cuerpos de los demás. Escuchás cuando alguien se acomoda, cuando suspira, cuando cambia de posición porque se le duerme un brazo. Mateo no cambió de postura ni una sola vez en ocho horas. Su respiración era perfectamente regular. Un ciclo idéntico, sin variaciones, que parecía medido con un cronómetro.
En un momento de la madrugada, me incorporé despacio para ir al baño, que estaba abajo. Al sentarme en el borde de la cama, miré hacia su cucheta.
Él estaba acostado boca arriba, con los ojos abiertos, mirando fijamente el techo de madera en la oscuridad. No parpadeaba. Sentí un frío helado en la nuca y volví a acostarme, tapándome hasta la cabeza.
Para el mediodía del segundo día, la sensación de aislamiento era total. El bosque allá afuera parecía haber desaparecido, reemplazado por esa nada gris.
Vicente tenía dos perros ovejeros alemanes que solían dormir adentro, cerca de la salamandra. Eran animales de montaña, acostumbrados a la gente. Pero desde que habíamos llegado, los perros no se habían movido de un rincón debajo de la mesada de la cocina. No ladraban. No gruñían. Simplemente se quedaban ahí, con las orejas gachas y el hocico pegado al piso.
Cuando Mateo se acercaba a la cocina para buscar agua, los dos perros empezaban a temblar. Uno de ellos, el más viejo, dejaba escapar un gemido ahogado, un llanto bajito que cortaba el aire. Mateo ni siquiera los miraba. Pasaba de largo, con ese caminar pausado, casi flotante.
Julia empezó a notar que algo no iba bien, aunque no quería admitirlo. Lo vi en sus ojos cuando estábamos sentados cerca del fuego. Ella intentaba sacar conversación, recordar cosas del viaje anterior que habíamos hecho a Córdoba.
— Mateo ¿Te acordás, de la vieja de la hostería que tenía ese loro que insultaba en alemán? —preguntó ella, buscando complicidad.
Mateo tardó tres segundos en responder. Miró el suelo, como si estuviera buscando la respuesta en una base de datos interna.
—Sí —dijo al fin—. El loro verde. Insultaba mucho.
—No era verde, Mateo. Era gris. Un loro gris africano. Nos pasamos toda la tarde hablando de eso porque vos decías que eran los más inteligentes.
Mateo no se puso nervioso. No se corrigió como lo hubiera hecho cualquiera. Solo asintió, repitiendo la misma estructura.
—Claro. El loro gris. Era muy inteligente.
Julia me miró. Tenía las manos apretadas alrededor de la taza de café. Había una pregunta en sus ojos que ninguno de los dos se animaba a formular en voz alta.
Más tarde, Julia me contó que, mientras ayudaba a Vicente a limpiar unas cosas, este le había confesado su inquietud.
—Creo que a los perros no les gusta tu amigo. Hace veinte años que vivo acá... y nunca los vi reaccionar así.
La paranoia es una enfermedad silenciosa. Te hace dudar de tus propios ojos. Me pasé la tarde del tercer día intentando convencerme de que el encierro me estaba afectando, de que el trauma de haberlo perdido en el bosque me había alterado la percepción. Me repetía que Mateo solo estaba cansado, que el frío lo había dejado en estado de shock.
Pero el cuerpo no miente. Mi cuerpo sabía que había un peligro en ese refugio. Cada vez que él entraba a un lugar, los vellos de mis brazos se erizaban. Había un olor extraño a su alrededor. No era olor a suciedad, ni a transpiración. Era un olor químico, neutro, como el de una habitación médica que acaba de ser desinfectada. Nada orgánico.
Esa noche, Julia me buscó en el pasillo que comunicaba las cuchetas con la escalera. Me agarró de la campera con una fuerza que me dolió. Tenía los ojos inyectados en sangre, de no haber dormido.
—Lucas —me dijo en un susurro que era casi un silbido—. Algo no está bien.
—¿Qué pasa?
—No es él. No sé qué es, pero no es él.
—Julia, estamos cansados, el clima...
—No me hables como si estuviera loca —me interrumpió, y su voz se quebró un poco—. Hoy me quedé mirándolo mientras dormía... o lo que sea que haga. No respira, Lucas. Al menos no como nosotros. Su pecho se mueve, sí. Pero se mueve siempre igual, arriba y abajo, con el mismo ritmo exacto, incluso cuando está despierto y camina. Y hoy le toqué la mano por accidente cuando me pasó el pan. Está fría. No fría de invierno. Está fría como una piedra de río. No tiene pulso en la muñeca. Le busqué el cuello con los ojos y no se le nota la vena.
No supe qué contestarle. Porque yo también lo había visto. Había visto cómo miraba nuestras bocas cuando hablábamos, como si estuviera memorizando la forma en que los labios se mueven para producir determinados sonidos. Como un actor que ensaya un papel en un idioma que no comprende.
—Mañana bajamos —le dije, agarrándola de los hombros—. Vicente dice que el frente de tormenta se está abriendo. En cuanto haya un hilo de luz, armamos las mochilas y nos mandamos para abajo. No nos separamos de Vicente.
Ella asintió, llorando en silencio, y volvió a su cama.
Esa última noche fue la peor. Me quedé despierto, con un cortaplumas abierto dentro del bolsillo del pantalón, escuchando el ritmo perfecto y artificial de la respiración de la cucheta de al lado. En algún momento de la madrugada, el sonido cesó. No hubo un suspiro final, simplemente se detuvo. Miré de reojo.
La silueta de Mateo ya no estaba en la cama. Estaba de pie, junto a la ventana del dormitorio, mirando hacia la niebla exterior. Permaneció allí, inmóvil como una estatua de madera, hasta que el primer tono gris del amanecer empezó a teñir el cielo.
A las siete de la mañana, la lluvia paró. La niebla no se había ido del todo, pero se había elevado, quedando suspendida sobre las copas de los árboles como un techo blanco. Se podía ver el sendero.
Vicente ya estaba abajo, tomando unos mates y armando su bolso. Tenía que bajar a la intendencia de Parques a entregar unos papeles.
—Nos movemos ya —nos dijo cuando bajamos—. El suelo va a estar resbaladizo por el barro, así que con cuidado.
Julia y yo empezamos a meter la ropa y las bolsas de dormir en las mochilas con una velocidad desesperada. No nos hablábamos. El ambiente en el refugio era tan denso que costaba respirar. Mateo estaba sentado en el banco largo, con la mochila ya armada a su lado. Nos miraba hacer, imitando nuestra prisa de manera sutil, ajustándose las correas de las botas solo porque nos veía a nosotros hacerlo.
Terminé de cerrar mi mochila. El peso me dio una falsa sensación de seguridad. Ya nos íbamos. En dos horas estaríamos en la base, cerca de la ruta, donde había autos, gente, teléfonos. Donde el mundo volvía a tener sentido.
Vicente agarró su campera y caminó hacia la puerta principal.
—Bueno, muchachos, aseguren bien las...
Un golpe seco lo interrumpió.
Alguien estaba tocando la puerta desde el exterior.
Fueron tres golpes lentos, pesados. Toc. Toc. Toc.
Nos quedamos todos congelados. Vicente frunció el ceño. Nadie subía a esa hora, menos después de tres días de temporal. El sendero de abajo debió haber sido un río de lodo.
Los perros debajo de la mesada empezaron a aullar de una manera desgarradora, un sonido agudo que se nos clavó en los oídos.
Vicente dejó su bolso en el suelo, se acercó a la puerta y giró el picaporte de hierro. La madera pesada cedió hacia adentro, dejando entrar una ráfaga de aire helado y olor a tierra mojada.
Del otro lado, parado en el escalón de piedra, había un hombre.
Tenía la campera roja destrozada, llena de jirones y cubierta de un barro negro y denso. Su cara estaba demacrada, con la piel grisácea por el principio de hipotermia. Tenía los labios partidos, con costras de sangre seca, y las manos le temblaban tanto que apenas podía mantener los dedos extendidos. Le faltaba una bota; el pie izquierdo estaba envuelto en un pedazo de arpillera sucia.
Era Mateo.
Se tambaleó hacia adelante, como si las piernas ya no pudieran sostener el peso de su cuerpo. Vicente lo atajó antes de que cayera al piso.
El Mateo de la campera rota miró hacia el interior del refugio. Sus ojos estaban inyectados en sangre, desenfocados por el dolor y el agotamiento, pero eran ojos completamente humanos. Llenos de un terror que yo reconocí de inmediato.
Vio a Julia. Dejó escapar un aire tembloroso, un sollozo seco que le raspó la garganta.
—Al fin... —dijo, y su voz era un hilo quebrado, rasposo, arruinado por el frío—. Pensé que... que no iba a encontrarlos nunca...
Vicente lo sentó en el suelo, apoyándolo contra la pared. El chico se abrazó las rodillas, tiritando de forma violenta. Levantó la cabeza hacia nosotros, mirándome a mí, luego a Julia. Las lágrimas empezaron a limpiarle las líneas de barro de las mejillas.
—Esperé... esperé donde me perdí —dijo, y su voz se rompió del todo en un llanto débil, desesperado—. Estuve tres días ahí... en el pozo de piedra... ¿Por qué nunca volvieron a buscarme?
La pregunta quedó flotando en el aire del refugio.
Julia dio un paso atrás, con las manos en la boca, soltando un grito ahogado que se le quedó atrapado en la garganta. Yo sentí que el piso se movía debajo de mis pies. El aire se volvió de golpe demasiado espeso para respirar.
Ninguno de los dos pudo responderle. Ninguno de los dos pudo moverse para ayudarlo.
Porque detrás de nosotros, desde la mesa del comedor, se escuchó el crujido de la madera.
Alguien se estaba levantando del banco.
Y entonces, desde el fondo del refugio, una voz rasposa, metálica, sucia pero tranquila y torpemente modulada, habló en el silencio:
—Lu…cas, ¿qui…én esss.. el?
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