Volví
a tumbarme bajo la ventana de mi habitación,
esperando que los rayos del sol
me den un poco de calor.
Pero ya casi es invierno,
y en el frío de mi descontento
busco una razón para volver a ser yo.
El reloj de mi abuela
marca las ocho de la mañana.
Ya pasó un mes desde que me escapé de la ciudad de la lluvia,
y aún no logro despertar
del desencantamiento del tiempo que pasa.
Es sábado:
día sagrado para la familia;
día sagrado para los niños que no van a la escuela;
día sagrado para todos los que odiamos el domingo;
día sagrado para Giacomo Leopardi,
que entendió que la paradójica ilusión de la felicidad se esconde en este día transitorio;
día sagrado para mí, que descanso de la locura de mi ser,
bajo aquel ventanal donde tantas veces me dejé vencer.
Y hoy escribo, intentando conocerme.
Respirando hondo, llenando a pleno los pulmones.
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