Nos conocimos en agosto,
con ese discurso tan “quemado”, dirían ahora;
“quien eres, que te gusta y qué esperas del semestre”,
y casi de manera robótica responden los de la esquina,
“soy Ernesto, me gustan los beatles y quiero aprender mucho”,
“soy Emilia, me gusta bailar y quiero sacar muchos dieces””,
clones, clones y mas clones,
no porque todos gusten de los beatles como Ernesto,
o porque todos bailen como Emilia,
es lo de menos, está hasta de más.
Clones, de un modelo frívolo e indiferente,
que trata con desdén a quien busca salir del molde,
ese que cobija a los maquiavélicos,
a los patrones, a los blancos y al PRI,
pues ni saben ni les importa,
se piensan inmunes de lo que sucede allá afuera,
“estamos bien jodidos”, te escuche susurrar,
te torció la maestra, haciéndote levantar,
y ahí, con tu polo arrugada y con la mandíbula apretada,
proclamaste una guerra contra los tibios,
“No nos hagamos los sordos ni los ciegos,
que grandes ya estamos como para solo pensar en carros,
bailes, los pinches beatles y las olimpiadas,
levántense no solo para presentarse,
levántense pero en marcha y grito por la UNAM”.
Te escuche y por fin, supe que sola no estaba;
No estábamos solos.
“Córrele wey, que nadie nos vea”,
dejó de ser una frase sonada para cubrir besos en pasillos,
ahora era más que eso,
para huir de la placa, pa´ que no nos cacharan,
pegando carteles y dibujos,
sonetos a la paz, amor a la universidad.
Y ahí, un 16 de septiembre,
pegamos El Grito,
en el Zócalo y en tu cuarto,
“¡Que viva México!”,
“¡Que chingue a su madre Ordaz!”,
“¡Carlos no pares!”,
“¡Más, más , más!”,
“¡Viva, viva, viva!”
envueltos en sábanas tricolor,
escurre libertad de tu sudor,
te beso en la boca,
pues solo en tus labios saboreo la revolución,
el progreso,
la empatía,
el amor por el prójimo y el amor por ti.
En esta explanada,
en la que cantábamos el himno y los honores,
en la que corríamos con maquetas,
ahora nos arrebatan la voz,
no más gritos por la razón,
se tornan ahora de dolor.
Orinarse de miedo
y rendirse ante el último golpe en la maceta,
parece poco a lo que nos espera.
18 de septiembre; han tomado la ciudad universitaria.
¡Maestros si, granaderos no!,
¡Alto a la represión policiaca!,
¡Y a la puta brutalidad!,
que somos blancas palomas,
que a diferencia de las que en jaulas traen,
jamás nos podrán adiestrar,
nos negamos a callar,
¡No!, ¡aunque del cuello nos agarren!,
¡aunque con pistolas no señalen!,
¡que somos la patria!,
los jóvenes, el futuro,
el despertar del país,
los ojos de México,
Carlos, toma de mi mano,
comparteme tu valor,
ayúdame a mantenerme firme.
¡¿Cuál izquierda?!,
que pinche burocracia ni qué ocho cuartos,
pseudo comunismo, presos políticos, grupos porriles,
no creemos ni en su justicia ni en sus leyes,
que la política no te arranque la vida.
A las seis de la tarde, con el mitin por acabar,
el viento sopla en círculos,
y retiembla en sus centros la tierra
al sonoro rugir del batallón.
Y el terror me invade,
ensordece el gritar de mis colegas,
las balas estallar en los corazones de mis amados,
en las cabezas de mis mentores,
no distinguen entre manifestantes, vecinos o niños,
cual dominó caen los cuerpos, uno sobre otro.
A palazos truenan los huesos,
pisan como cucarachas los restos,
y Carlos, mi amor, mi vida,
tu cuerpo ahora cubrirá el mio,
cual manto de la Virgen,
aún sin vida sigues siendo mi escudo,
mi fuerza,
me acompañas una noche más,
ahora la más fría,
para poder sobrevivir.
Los de guante y los militares,
Gustavo Díaz Ordaz, el PRI,
autores malditos de este capítulo en la historia de Tlatelolco.
Para el 15 de octubre,
serán silenciados los fantasmas de 300 inocentes,
arrancados los sueños de las blancas palomas,
que volarán manchadas de carmín,
de la sangre de los nuestros.
2 de octubre, ni perdón, ni olvido.
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