mobile isologo
search...

Oro, Violeta y Sangre.

Evan

Mar 1, 2026

45
Oro, Violeta y Sangre.
Start writing for free on quaderno

Desde el primer latido de mi consciencia, existió en mí el hambre de crear, la urgencia de la mancha sagrada, el trazo prohibido sobre lienzos que el mundo quería impolutos.

Busqué la función de cada átomo en el desorden, con esa mezcla de cinismo e infancia que susurra al oído que el universo, en su vasta arquitectura, había reservado un hueco exacto para mi existencia.

Pero la realidad fue para mí un aterrizaje forzoso junto a aquellas alas mías que ahora son ceniza.

El ostracismo no fue una visita; fue mi primera piel, un exilio que habitaba mis huesos antes de saber nombrarlo.

En los días del inicio, el silencio era un peso tolerable; creí que el tiempo, en su marcha, me entregaría la llave del mundo.

Qué amargo fue despertar y sentir la caída, no al vacío, sino al cautiverio de unos brazos de sadismo firme. Fui entregado por mi propia sangre a manos de extraños, seres asquerosos que, en su delirio de dominio, se juraron dueños de mi aliento, de mi sombra y de mi quiebre. Me rompí en esas manos ajenas que nada sabían de mi nombre, me deshice en el molde de su crueldad gratuita.

Y en ese naufragio, para no perecer bajo su bota, bebí del veneno: adopté la malicia y la ferocidad de aquellos que, por mandato, debieron ser guía.

Pero cuando hablo de la raíz que me sostiene, no hablo de los padres que me soltaron, ni de la sangre que me traicionó; hablo del linaje del alma, donde solo una figura se alza como templo: mi abuelo, el arquitecto de mi pulso, mi único y verdadero origen.

Él fue quien me inyectó la vida en dosis de fuego y rocío, el único que sembró en mi tierra yerma algo que no fuera cicatriz.

De ese ser, y solo de él, heredé la alegría que aún me habita, esa bondad que me desborda y que mis verdugos no pudieron saquear.

Pero también de él recibí estos ojos tristes que cargan siglos de lluvia, esta herencia de amar hasta el incendio, una tendencia suicida de entregar más de lo que el pecho resiste.

No hay vergüenza en mi llanto, porque es lo único limpio que me queda; sé que fuera de ese dolor compartido con él, solo habita el páramo.

He sido tormenta y he sido verdugo.

Hubo un tiempo en que mi vista, nublada por el hollín de la guerra, no distinguía al aliado del enemigo. Solo quería que el mundo sangrara en la misma medida que yo; quería que mi ira creciera hasta igualar al agresor en estatura, ganar por fin el derecho al suelo, y que el ruido incesante en mi cabeza se volviera silencio de tumba.

Fui el caos encarnado, el incendio que nadie pidió apagar. Quienes me acompañan guardan el registro de mis naufragios, conocen la sombra que he esparcido y no intento ocultarla; no busco el perdón tras una máscara de seda.

Y sin embargo, insisten en ver un brillo, una chispa persistente. Es una ironía lacerante: yo, que busco el castigo como patria, que me acostumbré al daño como si fuera mi único refugio, soy confrontado por su luz.

Dicen ver luz en este ser, y quizás sea este contraste: el oro y el violeta, mis colores, mis condenas. Mi ira no es vulgar; es sagrada, tiene el color de los soles antiguos. Y mi dolor es la alquimia de la matemática pura, una creación que supura violeta sobre el lienzo de la vida.

Cuando el llanto surge, el mundo parece ennegrecerse, porque mi pecho es el campo de batalla de dos fuerzas opuestas que se desgarran para ver quién sobrevive al impacto.

Miro mis cicatrices y no veo horror; veo tesoros.

Están hechas de oro, como la técnica que embellece la fractura.

Las porto con desdén, con la firmeza de quien ha vuelto del abismo, aunque por dentro el ruido siga siendo una marea alta.

Existe el miedo, lo confieso ante mi propia obra.

Miedo de ser solo esto: una criatura jugando a los bloques, construyendo catedrales mientras el suelo se desmorona bajo sus pies.

Riendo entre lágrimas, un ser trágico en su propio trono, que se levanta una y otra vez, a veces por una esperanza ciega, a veces por un rencor que le sirve de columna vertebral.

He hallado una pasión perversa en el ciclo de romperme y rearmarme.

No hay deseo de cambio, ni hay rastro de vergüenza. Pero el cansancio es real.

Pido, sin la altivez del combate, un momento de tregua. Quiero despojarme de este caos, aunque sea por una última vez, sentir el peso del mundo sin la necesidad de incendiarlo.

He peleado desde que el tiempo es tiempo; la ira me forjó con valentía, pero el miedo me hizo humanidad. Y así, con los pies manchados de barro y la deshonra a cuestas, mantengo la marcha siempre hacia el frente, porque el oro no brilla si no ha pasado primero por el fuego.

Evan

Comments

There are no comments yet, be the first!

You must be logged in to comment

Log in