Nigredo me llama, me ciñe su manto,
me arropa en la noche que nunca concluye,
y me ofrece su cáliz de fango absoluto,
para olvidar la quimera del pulso mortal.
No hay más consuelo que hundirse en su seno,
desnudo tanto de orgullo como de ruegos,
dejando que el yo se disuelva en su barro
y renazca de la nada, sin forma y sin ley.
Vanidad de vanidades, dice el Profeta;
vanidad de los hombres que temen su fin.
Yo elijo el umbral sin miedos ni plegarias;
yo abrazo el naufragio, me inmolo sin red.
Nigredo, consume mi verbo marchito,
haz tuyo mi aliento de polvo sin fe,
que al fin en tus sombras descubra el silencio
que el mundo me niega, mintiéndome con amor.
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