Luna, tú, vigilante de los hombres: dile cuánto lo amo.
Aún cuido su recuerdo, no por la esperanza de que vuelva a mis brazos y sienta su ternura, sino por la simple aceptación de ser lo único restante de él.
Míralo desde el altísimo cielo, no le hables de mis lágrimas o de mis solitarias tragedias. ¡Oh, querida Luna!, solo envuelve su alma con tu luz cálida, como él hizo con la mía. Que sea este el agradecimiento de dos antiguos amantes quienes solían acariciarse con ferviente amor, y cuya caricia es ahora de gratitud —ya no de pasión— tejida con esos hilos de plata.
Dile, Luna, que ya no busco su presencia en el viento; el vacío del alma no es de carencia de algo, sino de la presencia de lo que fue.
Hoy, cuando te contemplo con un cigarro en la mano y un recuerdo de agrado, no espero un milagro, solo busco el reflejo de una paz que nos pertenece a ambos.
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