¿Cómo es que una casa vive los duelos, los amores y las risas? ¿Y cómo es que tú vives sus aromas, sus sonidos, sus apagones?
Siempre me pongo a pensar en todo lo que los hogares representan: cada persona que los habita, sus esencias fusionadas, ese café que tanto te gusta, esa sopa que disfrutas, ese pastel que horneas. ¿Cómo algo puede ser tan único?
Esas cicatrices que tiene el hogar por el paso del tiempo, al igual que tú. Las risas que se quedan en el aire, las gotitas de agua en la bañera, las sábanas por la mañana, el armario, los cajones con llave, los muebles con copas de vino que nunca se abrían… Ese perfume de hogar que nadie puede explicar, que ninguna otra cosa tiene.
Y creo que esto se hace más visible en la casa de los abuelos, cuando eres pequeña y lo único que querías era estar ahí, respirar ese aire familiar: esa mezcla de tu abuelo, los cigarros, los rollos fotográficos viejitos, el dulce de cajeta; y tu abuela, el maquillaje de hace años, ese perfume, el spray de cabello que siempre usaba, su agua de limón y todas sus flores por el jardín.
Contemplar esa mezcla de aromas, más todos los demás que dejaban su destello: los tíos, mis papás, mis primas, yo.
Era una esencia que nunca más volverás a percibir por el resto de tu vida, algo que fue fugaz, pero que disfrutaste tanto en su momento.
Me pregunto si esta casa nos recordará a todos, si sigue teniendo esos destellos que marcamos por tanto tiempo. Tal vez nos extraña. Tal vez no.
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