La tristeza ya no es inquilina, reventó la cerradura y se adueñó de la casa. Si quien debe no tiene con qué pagar el aire, la luz deja de ser un derecho, se pudre y pasa a ser latifundio del vacío. ¿Es la nada la moneda que soborna al tiempo? ¿O es el tiempo el que sangra los segundos por el privilegio de asfixiarnos? "Mentira", responde el rosal desde su ingenua lógica de savia. No entiende de quiebras ni de cronologías marchitas. Solo sabe sumar pétalos a la luz y restar espinas a la mano que intenta, en un esfuerzo inútil y estúpido, medir esta ruina con reglas de acero.
Un cronómetro de hierro viejo me oxida el pecho, atascado por el vaho de suspiros muertos. Las manecillas ya no tocan el Ahora, orbitan un Nunca perpetuo, pudriéndose hacia lo que jamás germinó. A los siete años arrastré mis pasos a la azotea para calcular la física del desastre que nadie más veía en mí, si un cuerpo carece de alas y el asfalto exige los huesos, ¿en qué milímetro la gravedad se convierte en epitafio? ¿Cuánto demora la caída en volverse piedra? Yo no buscaba volar, ni sentirme mariposa, el vuelo es un engaño del aire. Buscaba el fondo. La quietud seca de lo que ya no puede estrellarse más bajo. En este laberinto donde mi propio rostro me escupe al espejo, el único modo de ocupar mi lugar es ser el Olvido: esa costra que nadie recuerda haber arrancado.
Nunca quise la falla, exigía la exactitud. Pero el error no es un tropiezo, es un foso que te traga. Son paredes de azufre donde tuve que tender la cama y llamar hogar. Ahora el error me usa de eje magnético, orbita mi médula. Conozco los trescientos sesenta grados del encierro, el retorno asfixiante al punto de partida, pero se me descompuso la brújula hacia casa y olvidé cómo llorar sin desintegrarme en humo. Repudio el sello ajeno, la absolución de cualquier academia o la lástima de una mano que se tiende. Mi saber pesa en átomos de plomo y lo justifico yo en soledad. Lo que entiendo no me lo dio el papel, me lo escupió el incendio. Allá atrás grazna esa infancia con su etiqueta de derrota. Aquí, de pie, respira el ser que se la clava en la carne. Sin inmutarse. Sin mutar.
La variable ha muerto.
Queda la constante.
Quedo yo.

Evan
Busco un ángulo muerto para mi tristeza, con la calma de quien no busca ser carga en el paisaje, pese a que su naturaleza aún demande la anomalía de una ternura que le rescate.
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