Debo aceptar que ya te olvidé. Aquel día que tanto temía ha llegado: cuando me visita la melancolía del amor, ya no me resguardo en los vestigios que alguna vez fueron tuyos, en aquel castillo de la memoria donde solía conservarse la calidez de tus ojos, de tus abrazos, de tu boca.
Labraste con tanto esmero cada vivencia compartida y la convertiste en un templo para que mi alma abatida, cada que se sintiera en agonía, fuera a ese refugio donde tú me esperarías; donde me amarías, limpiarías mis lágrimas oscuras y mi sendero lleno de dudas.
Hoy he vuelto a ese castillo, rondando los pasillos vacíos contemplando lo maravilloso que en algún tiempo fue; me he convertido en espectadora pero a su vez en un alma en pena buscando la calidez del ayer que me recuerde la bendita alegría de la propia vida. Esas antiguas cosas que me pertenecían, que me excitaban y me cobijaban- en resumen que me hacían sentir amada- ya no existen; ahora solo son estatuas de sal: monumentos frágiles al tiempo al igual que los cimientos de aquel castillo que solíamos habitar.
La morada está ahí pero tu ausencia la ha convertido inhabitable, por eso he cerrado las puertas para jamás regresar. Lo que me depara, como siempre, es incierto y turbulento. Ya no necesito que limpies mi rostro; he aprendido que bajo la lluvia mis lágrimas además de perderse, marcan el camino para los desdichados.
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