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18 de marzo.

Evan

Mar 18, 2026

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18 de marzo.
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Qué amarga es la lucidez del náufrago.

Creí que las cosas me daban tregua; que mis pulmones, por fin, se habían acostumbrado al aire y no al agua estancada de mi propia suerte. Pero la ruina tiene una precisión que desolla. Justo cuando mi mano rozaba la paz, el abismo reclamó lo suyo.

No fue un llanto corriente; fue un espasmo en la arquitectura de mi existencia. Un vómito de sombras nacido en la entraña, allí donde guardo lo que de mí mismo me provoca asco. Me arrastré hacia el ángulo más agudo de la pared, buscando la invisibilidad del polvo para no estorbar el paso de los que todavía caminan erguidos.

Pero el mundo tiene un instinto cruel para lo roto. Siempre hay una luz que señala la cicatriz cuando el alma solo pide olvido.

Ella se acercó, blindada en una normalidad de plástico. No traía consuelo, sino un veredicto de hierro: «Cálmate, que estás asustando a todos». Como si mi agonía fuera un espectáculo de feria; como si mi dolor fuera una falta de respeto. Alcé los ojos —cuencas de pura sal y derrota— y le sostuve la mirada hasta que su autoridad barata no supo dónde esconderse.

Pero el veneno ya estaba en el aire: «Cuidar de alguien así solo te va a enfermar más», le dijeron a mi madre.

Y tienen razón: la dulce razón de los verdugos. Soy el error en el cálculo. El lastre. Ni hombre ni mujer, ni hijo ni hija; soy una patología con hálito de vida, un monstruo que ensucia el paisaje con su propia sombra.

Quise levantarme, fingir que mis huesos no eran ceniza, pero la gravedad de mi esencia me sepultó. De rodillas, con las manos raspando la tierra, les pedí: «Ya váyanse. No me toquen. Soy un humano, no la enfermedad que su asco busca desinfectar».

Me duele el peso de la mirada ajena. Anhelo un recoveco donde el aire no pese tanto, donde me reconozca el amor que no le teme a la ruina. Me siento desprotegido ante la inclemencia de todo. Deseo una mano que se pose, con ternura real, sobre mi frente. Pienso en esa mano antigua que me enseñó a leer el mundo; una mano que no temía mancharse con mis restos, que limpiaba mis lágrimas y me protegía en un abrazo eterno.

Él me miraba sin buscar el síntoma. Él me traducía la vida cuando para mí solo era ruido.

Abrazo mi tristeza con el coraje de saber que he sido amado, aunque ahora la habitación huela a lirios y el consuelo sepa a pasado.

En el peor momento del estruendo, invoqué a la muerte. Deseé que cerrar los ojos fuera un pacto para desaparecer. Mis sentidos se quebraron en destellos dorados y violetas, junto a una estática negra que me devoraba la razón como un incendio mudo.

Pero en el fondo del fango quedaba un brillo devastador.

La vida, a pesar de sus verdugos, me sigue pareciendo grata. Esa es mi tragedia más honda y preciosa: que no puedo odiar mi existencia. Pensar en el suicidio me sabe a traición; a fallarle al niño que todavía espera algo tras la tormenta; a fallarle a quien me enseñó que yo también podía ser humano.

No busco el poder. Solo quiero la voluntad de alcanzar la otra orilla. Cruzar este pantano aunque llegue al final sin piel.

Ser, al menos, un humano defectuoso.

Pero lograrlo. Ser.

Evan

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