La punta resalta, sin sangre.
Despliego mi fuerza,
pero no sangro.
Los agujeros yacen podridos,
la punta se oxida,
el serrucho pierde su filo.
Mientras me apuntalo
cual escultor con sus estecas,
yo, divino dios,
apuntalo buscando la perfección que me heredaron.
Viejo y antiguo, sigo sin encontrarla.
La ideación aparece y comienzo a sangrar.
Las vertientes conducen el elemento feliz;
suena a desgracia y lo es.
Aparece cual día de verano:
brillante, espeso y con un dulzor amargo.
La derrota se acerca, y los árboles yacen yutidos,
ya no respiran, hablan.
El dulce encuentro, la pálida noche.
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