Un martes,
a las tres de la tarde,
entre el sonido apagado del tráfico
y un correo sin importancia,
me di cuenta:
ya no imagino ese encuentro.
La escena se borró sola.
No estás entrando al salón
mientras todos fingen
no notar la tensión.
No me ves desde lejos.
No se cruzan nuestras miradas.
No hay brindis,
ni risa prestada,
ni ese silencio denso
que siempre imaginaba justo antes
de que dijeras mi nombre.
Y lo más extraño es eso:
que no lo extraño.
No he vuelto a ensayar qué decirte,
ni a pensar si habría en tus ojos
algún rastro del “y si…”
que tanto me sostuvo.
La película se detuvo
sin aviso ni cierre.
Solo quedó un rincón callado,
un aire distinto,
como después de ventilar un cuarto
que estuvo demasiado tiempo cerrado.
Y ahí supe, sin dramatismo:
ya no ocurre.
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