Ya no es lo que un día fue,
ya no son las madrugadas
enterrando mi piel en la suavidad de la almohada
después de escuchar los cánticos de sirena
sobre mi boca líquida extasiada en jugos marinos.
Ya no es lo que un día fue,
ni el calor de tus piernas de enredadera
sobre mis piernas de roble longevo.
Ya no es lo que un día fue,
el contacto aterciopelado en manos frías
manos que no aceptan proximidad
más que la del filo de la navaja sobre la propia piel.
Ya no es lo que un día fue,
porque si fuese así
yo estaría bajo el manto de una cama
no en el fuego de mi incertidumbre
haciéndome ver
que ya no pertenezco a ese recuerdo en ruinas
al que nunca habré de volver.
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