La oscuridad. Cubre la ciudad y un desamparo que desde temprano te pega en la cara. No terminaste de prender la pava y la radio por streaming te escupe la noticia. Afuera, una niebla terrible. Te humedece las ganas. Las afloja.
Tristeza. Te quedás helada, revisando. Todas las preocupaciones acallaron, detrás de la incertidumbre frente a lo inmediato. Lo inesquivable. Y ahora como debo sentirme, me pregunto. Se sobrepone al llorar o no llorar. Hay que seguir, hay que trabajar. Hay que desayunar, pienso. Pero es la tercera vez que la pava arranca de nuevo y parece que me está boludeando.
Dale nena. Despertate. Justo lamentando a alguien que no era dormido. No estoy para entretener, dijo allá hace un tiempo. Gritos de guerra, de trinchera. Justo a mí que me cuesta el grito.
Reserva cultural. Nada que ver. Nada más libre que la poesía de ese pelado. Complejidades ocultas detrás de esos lentes oscuros. Cómo alguna paloma muerta en el fondo de un tanque de agua.
Hoy te lloran muchos. Te despiden miles. Pero sin ninguna congoja silenciosa, no. En el corazón de la plaza. A los saltos. Borrachos, sentidos, cantan en tu nombre. Abrazados. Sin escudo, con guardia baja, te atraviesa.
Y a los empujones, se despierta. Lo mira de frente. En el pogo más grande del mundo.
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