...
Que solo pide el brillo de la luz.
'Amor, es gozo estar de tu sonrisa observado, de tu caricia regalado, cumplido de tu amable trato'.
Así estaba y estuvo Anselmo, que plasmaba en papel y pensamiento la gloria de esos fugaces instantes tan eternos.
'Cuando nos miramos, nuestros ojos brillan en una profunda e insondable oscuridad'.
Duró lo que duran siempre estas cosas: un rato. Luego pueden romperse en pedazos o suavizarse en trazos lisos, rincones curvados.
En el caso de Anselmo no fue lo peor quedarse, inesperado, abandonado; fue el saber, sin duda, que nunca hubo lo que había vivido con tanta certeza.
Así como el creyente sufriera la decepción de saberse sin Dios al conocer de primera mano la muerte, si tal cosa fuera posible, así se sintió Anselmo cuando despertó de aquel maravilloso sueño. Tan maravilloso que despertar fue un infierno.
Fue verse como se ve el desahuciado. Fue sentirse como se siente el fracasado. Fue saberse como se sabe el acabado.
Fue, sí, una vela negra cuya luz hace reflejar la sinuosa forma del diablo.
Y es que el desamor, venga como venga, siempre es el azote de un látigo para un esclavo.
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