Y entre esa bendita soledad que me diste gracias a tu ignorancia, residen los pétalos marchitos que alguna vez quise darte en bellas flores de tu preferencia. Pues a veces uno demuestra el amor que cree que la otra persona podría devolverle.
Sin embargo al quedarse sin esa devolución, el alma sigue marchitandose, y haciéndose cada vez más pequeña como una semilla podrida. Y así fue nuestra amistad, mientras más regaba tu flor, menos te interesabas por la mía.
Traté de advertirte y aconsejarte... No dejes marchitar la flor, por favor. Sin embargo hiciste oídos sordos a mis gritos de socorro. Y mi flor... No se marchito. Porque yo la arranqué antes que muriera.
Aunque, gracias a eso, pude darme cuenta que puedo plantar mis propias flores y regarlas, cuidarlas y amarlas.
Aún es doloroso porque escuchan tu nombre y todo dentro de mí llueve, y trato de que mis plantas no se ahoguen. Así que lloro en tu ahora ausencia, mientras sostengo en mis manos tu flor, que tuve que robar del basurero de tus recuerdos. Porque parece... Que ni siquiera viste, cuán anhelaba que formaramos un bello jardín.
— Melifluo.
Our picks
Become a supporter of quaderno
Support this independent project and get exclusive benefits.
Start writing today on quaderno
We value quality, authenticity and diversity of voices.

Comments
There are no comments yet, be the first!
You must be logged in to comment
Log in