No escribió.
Y aún así, su silencio me sostuvo,
como si su sola idea pudiera detener
el caos que yo mismo intentaba apagar.
Quiero escribirle.
Gritarle que aún arde algo en mí
cuando la pienso.
Pero también sé que hacerlo
es clavarme otra vez la misma espina
con mis propias manos.
Ella tal vez ya ríe con otro,
y yo acá,
tratando de convencerme
de que ser feliz no requiere su voz.
Al principio podía, sí.
Podía soportar saber que ya no era yo.
Pero ahora me rompe.
Me parte en mil versiones
de lo que fuimos,
de lo que ya no puedo ser.
Quise volver a construir,
a labrar algo entre la ceniza,
pero ¿cómo hacerlo si sus pasos
ya pisan otro suelo?
¿Cómo seguir ahí
sin destruirme un poco más?
No quiero ser el recuerdo que estorba.
No quiero ser la presencia que pesa.
Y aún así, me cuesta soltar
lo que una vez me salvó.
Pero hoy…
aunque la extrañe con cada parte de mí,
aunque grite por dentro,
hoy me callo.
Hoy me alejo.
Porque merezco también
encontrarme sin ella.
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