Volver a Keynes
El segundo Milei, el primer retorno peronista, y la batalla teórica de fondo
Ignacio Uriel Galetto Rodríguez
I. Dos libros, dos doctrinas, un país en el medio
Hay dos libros que explican mejor que cualquier encuesta la tensión política argentina de este momento. Uno es De Smith a Keynes, el manual universitario que Axel Kicillof publicó en 2010 y que resume siete siglos de pensamiento económico desde una perspectiva heterodoxa, culminando con la revolución keynesiana. El otro es cualquiera de los textos fundacionales de la Escuela Austríaca —de Mises, Hayek, Rothbard— que Javier Milei ha citado obsesivamente durante toda su carrera política y académica.
No son lecturas neutrales. No son opciones intercambiables. Representan dos formas radicalmente opuestas de entender qué es la economía, qué es el Estado, y cuál es el lugar del ser humano frente a ambos. Kicillof lee a Keynes. Milei lee a Mises y odia a Keynes con intensidad personal, al punto de dedicarle episodios enteros de sus conferencias a demolerlo. Esta diferencia no es académica: es la grieta conceptual que define el ciclo político 2023-2027 en la Argentina.
Y hay algo más, una coincidencia que vale la pena subrayar porque no es casual. El libro de Kicillof se titula De Smith a Keynes: un recorrido que parte del padre del liberalismo clásico y termina, no vuelve, termina en Keynes. Ese final es un principio. Para Kicillof, toda la historia del pensamiento económico desemboca lógicamente en Keynes y su propuesta de intervención estatal organizada para corregir los fallos del mercado. La palabra que no aparece en el título pero que flota en todo el libro es volver. Volver a la lucidez keynesiana después de cuarenta años de ortodoxia neoclásica que llevó al mundo al borde del colapso en 2008.
La tesis de este ensayo es que esa palabra —volver— tiene en 2026 un doble significado en la Argentina. Por un lado, el significado económico estricto que Kicillof le dio: volver a Keynes contra la Escuela Austríaca que hoy gobierna. Por el otro, un significado político mucho más amplio: el pueblo argentino, después del experimento libertario, vuelve. ¿A dónde vuelve? Al peronismo. No al peronismo viejo, no al peronismo estatista de los años setenta ni al kirchnerismo de la década ganada. Vuelve a un peronismo renovado que, sin saberlo del todo, se parece más a lo que Keynes propuso en 1936 que a lo que propuso Perón en 1945.
Este ensayo explora esa doble analogía con profundidad. Explica qué dijo Keynes y por qué Milei lo odia. Explica qué dijo la Escuela Austríaca y por qué el kirchnerismo la detesta. Y, sobre todo, plantea la hipótesis central: si el peronismo vuelve en 2027, lo hará bajo una doctrina económica que es, en el fondo, keynesianismo traducido al castellano argentino. Vuelve, en todos los sentidos de la palabra, a Keynes.
II. Keynes en diez frases y tres ideas
Antes de ir a la política, hay que entender al hombre. John Maynard Keynes (1883-1946) fue un economista británico que escribió su obra fundamental, Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, en 1936, en plena Gran Depresión. Su punto de partida fue empírico, no ideológico: miró el mundo que lo rodeaba, vio millones de desempleados, fábricas paralizadas, deflación, y se preguntó por qué el mercado no corregía esa situación como prometían los economistas clásicos.
Su respuesta revolucionó la teoría económica, y merece ser explicada con precisión porque hoy, casi un siglo después, sigue siendo el marco conceptual de toda la socialdemocracia mundial.
Idea uno: el mercado no siempre se equilibra solo. Los clásicos sostenían que, si había desempleo, era porque los salarios estaban demasiado altos; bajándolos, el mercado volvería al pleno empleo. Keynes demostró que esto era falso en situaciones de crisis. La economía puede quedar atrapada en un equilibrio subóptimo con desempleo persistente, porque la demanda agregada se deprime y los empresarios, sin expectativas de venta, no invierten ni contratan. Esto es lo que Keynes llamó, con una expresión poética, el problema de los animal spirits: los empresarios actúan por impulso y convicción, no por cálculo frío, y cuando el pesimismo se instala, la economía se paraliza.
Idea dos: el Estado debe intervenir. Si el mercado no corrige, alguien tiene que corregirlo. Keynes propuso que, en momentos de crisis, el Estado aumente el gasto público para inyectar demanda en la economía, aunque eso implique déficit fiscal temporal. No es socialismo: es salvataje del propio capitalismo frente a sus fallos periódicos. Keynes escribió literalmente que su objetivo era salvar al capitalismo de sí mismo, no reemplazarlo. La izquierda marxista siempre lo vio con recelo por esta razón. La derecha ortodoxa lo odió por la misma razón pero desde la vereda opuesta.
Idea tres: el tiempo importa. Aquí aparece la frase más famosa de Keynes, casi siempre mal interpretada: en el largo plazo, todos estaremos muertos. La escribió en 1923, en su Breve tratado sobre la reforma monetaria. No era una apología del cortoplacismo hedonista, como a veces se la cita. Era una crítica específica a la idea clásica de que "el mercado eventualmente se autocorrige". Keynes decía: sí, claro, el mercado se autocorrige en el largo plazo; pero en ese largo plazo, las víctimas de la crisis ya están muertas. No se puede esperar treinta años a que una economía se recupere sola mientras millones pierden trabajo, casa, salud y dignidad. Hay que actuar ahora.
De estas tres ideas salen las frases que lo hicieron famoso, y cada una es en sí misma una declaración de guerra contra la ortodoxia clásica. Algunas de las más citadas, traducidas con precisión:
"Los períodos largos son una guía engañosa para los temas de actualidad. A largo plazo estamos todos muertos."
"El desempleo masivo es una tragedia evitable, si se toman las medidas adecuadas."
"Si yo te debo una libra, tengo un problema; pero si te debo un millón, el problema es tuyo."
"Las crisis económicas pueden ser una oportunidad para repensar y reestructurar el sistema económico."
"Las opiniones cambiantes sobre el futuro son capaces de influir en la cantidad de empleo."
"No hay tal cosa como una política económica neutral. Todas las políticas económicas tienen consecuencias."
Lo que queda de Keynes, ochenta años después, es una caja de herramientas conceptuales que usó toda la socialdemocracia occidental para construir el Estado de bienestar posguerra. Y lo que queda de esa caja de herramientas, en el 2026 argentino, es el fundamento teórico implícito de lo que el peronismo debería ofrecer como alternativa al mileísmo.
III. La Escuela Austríaca en diez frases y tres ideas
Del otro lado del ring está la Escuela Austríaca, nacida en Viena a fines del siglo XIX con Carl Menger, profundizada por Ludwig von Mises y Friedrich Hayek en el siglo XX, y radicalizada por Murray Rothbard hacia el anarcocapitalismo en la segunda mitad del XX. Es la doctrina que Milei adopta, cita textualmente y menciona con devoción religiosa. Entenderla es entender qué gobierno tenemos.
Idea uno: el individuo sabe más que el Estado. Para los austríacos, la economía es una suma de decisiones individuales tomadas por agentes con información local que ningún planificador central puede reunir. Cualquier intento de organizar la economía desde arriba —desde el Estado— es no solo ineficiente sino directamente imposible en términos de información. Hayek lo resumió en su ensayo El uso del conocimiento en la sociedad (1945): el precio de mercado es un sistema de información incomparablemente más eficiente que cualquier burocracia estatal. El socialismo no es solo injusto; es técnicamente inviable.
Idea dos: el Estado es el problema, no la solución. Mises escribió Socialismo en 1922 demostrando que el cálculo económico racional es imposible sin precios de mercado, y por lo tanto sin propiedad privada plena de los medios de producción. Hayek escribió Camino de servidumbre en 1944 advirtiendo que cada intervención estatal sucesiva, aunque bien intencionada, llevaba inevitablemente al totalitarismo. Rothbard radicalizó el argumento hasta el punto de proponer la eliminación total del Estado —su anarcocapitalismo sostiene que incluso la seguridad y la justicia deberían privatizarse—. Milei cita a estos tres autores constantemente y se autodefine como anarcocapitalista en su identidad ideológica, aunque gobierne como minarquista por restricciones pragmáticas.
Idea tres: la inflación es siempre un fenómeno monetario. Esta es la frase que Milton Friedman hizo famosa pero que los austríacos anticiparon décadas antes. Para la Escuela Austríaca, la inflación no tiene causas estructurales ni corporativas ni puja distributiva: es siempre, en todo lugar y en todo momento, producto de la emisión excesiva de dinero por parte del Banco Central. Si el Estado deja de emitir para financiar su déficit, la inflación desaparece. Este es el argumento que Milei aplicó desde diciembre de 2023, y hay que reconocer que, empíricamente, funcionó: la inflación bajó del 211% interanual heredado al 32,6% de abril de 2026.
De estas tres ideas salen las frases y consignas que definieron al mileísmo: no hay plata, la casta, viva la libertad carajo, el Estado es una organización criminal, el impuesto es un robo, el Banco Central es una estafa. Cada una de estas frases es, literalmente, una parafrasis de algún pasaje de Rothbard o Hoppe. No son improvisaciones retóricas: son dogma austríaco aplicado.
Y aquí aparece la oposición fundamental. Para Keynes, el Estado es necesario porque el mercado falla. Para los austríacos, el Estado es el que hace fallar al mercado. Para Keynes, la política económica debe garantizar pleno empleo. Para los austríacos, el pleno empleo es un resultado automático del mercado libre si el Estado no interfiere. Para Keynes, la intervención estatal salva al capitalismo. Para los austríacos, la intervención estatal destruye al capitalismo y abre la puerta al totalitarismo.
No se puede ser keynesiano y austríaco al mismo tiempo. Son doctrinas mutuamente excluyentes. Y esa exclusión mutua es la base teórica de la grieta política argentina del momento.
IV. Kicillof contra Milei: dos economistas que encarnan la tensión
Es interesante que los dos polos del debate político argentino actual sean, antes que políticos, economistas. Kicillof es doctor en Economía por la UBA, profesor regular, investigador del CONICET, autor de De Smith a Keynes, su tesis doctoral se llamó Fundamentos de la Teoría General. Las consecuencias teóricas de Lord Keynes. Milei es licenciado en Economía, estudió en la UCEMA, trabajó como economista jefe en corporaciones, fue profesor en varias universidades, y tiene libros como El camino del libertario. Ambos son académicos formados antes que políticos profesionales. Y ambos tienen, detrás de cada declaración pública, una doctrina económica específica con la cual piensan el mundo.
Kicillof piensa desde Keynes. Cuando defiende la obra pública, cuando critica el ajuste, cuando habla de la demanda agregada, cuando argumenta contra las privatizaciones, no está improvisando consignas: está aplicando la Teoría General de 1936 al caso argentino. Su libro De Smith a Keynes es, en el fondo, una declaración de guerra contra la ortodoxia neoclásica que dominó la Argentina durante el menemismo y que volvió con el mileísmo. El título mismo sugiere la tesis: la economía avanza desde Smith (el libre mercado dogmático) hacia Keynes (la intervención estatal sensata). Toda la historia del pensamiento económico, leída así, es una larga marcha hacia la necesidad de que el Estado gobierne el capitalismo para salvarlo de sus propios excesos.
Milei piensa desde Mises y Rothbard. Cuando ataca al Estado, cuando desregula mercados, cuando cierra ministerios, cuando llama casta a los políticos, cuando dice que no hay plata, cuando culpa al Banco Central por la inflación, no está improvisando: está aplicando Socialismo de Mises y Camino de servidumbre de Hayek al caso argentino. Su mística libertaria no es performativa: es convicción doctrinaria profunda. Odia a Keynes con la intensidad con la que un católico del siglo XVI odiaba a Lutero. Para Milei, Keynes no es un economista con el que se discrepa técnicamente: es un hereje que pervirtió la economía y justificó ochenta años de sometimiento del individuo al Estado.
Cuando Milei y Kicillof se enfrentan públicamente —y lo han hecho, en debates televisivos y en redes— no están teniendo una discusión política. Están teniendo una discusión teórica de primer orden que se remonta a la polémica Hayek-Keynes de los años treinta en la London School of Economics. Es la misma pelea, con los mismos argumentos, traducida al español rioplatense. Quien quiera entender de verdad la Argentina del 2026 tiene que haber leído —aunque sea superficialmente— a Keynes y a Hayek. Sin esa base, la grieta parece folklore irracional. Con esa base, es una disputa conceptual rigurosa.
V. El pueblo argentino vuelve
Y ahora viene la hipótesis que le da título a este ensayo y que justifica toda la construcción anterior.
En abril de 2026, con Milei en caída libre y el peronismo empatando técnicamente en intención de voto, algo está pasando que los análisis convencionales no terminan de capturar. No es solo que Milei haya perdido popularidad. Es que el pueblo argentino, en silencio, está empezando a concluir algo que ningún dirigente todavía se anima a decir con claridad: el experimento austríaco aplicado a la realidad argentina no da los resultados prometidos para las mayorías.
La inflación bajó, sí. El superávit fiscal se logró, sí. La desregulación funcionó en sectores específicos, sí. Pero el empleo privado registrado acumuló ocho meses consecutivos de destrucción. Cien mil puestos de trabajo perdidos en el sector privado. Setenta y siete mil empleos públicos eliminados. Pobreza que, aunque bajó desde los picos de 2024, sigue por encima del treinta por ciento. Y, crucialmente, una percepción social extendida de que la estabilización macroeconómica no está llegando a los bolsillos, que la movilidad social se detuvo, que el país funciona para el empresariado financiero y el campo agroexportador pero no para el trabajador urbano medio.
Eso es, palabra por palabra, el diagnóstico keynesiano aplicado a una economía en ajuste ortodoxo. La economía puede quedar atrapada en un equilibrio subóptimo con desempleo persistente. Los animal spirits están deprimidos: los empresarios no invierten aunque los fundamentos macro estén ordenados, porque no ven demanda. Falta quien mueva la demanda agregada. Y en ausencia del Estado como motor, no hay motor alternativo.
El pueblo argentino, con su intuición brutal para estas cosas, está empezando a concluir algo más concreto todavía: hay que volver. Volver a un Estado que impulse la demanda, que invierta en obra pública, que garantice salarios y jubilaciones dignas, que proteja la universidad y la salud. No al Estado obeso del kirchnerismo tardío, pero sí a un Estado activo, inteligente, keynesiano en su lógica de intervención anticíclica.
Ese volver es, simultáneamente, dos cosas. Es volver a Keynes en términos teóricos. Y es volver al peronismo en términos políticos. Porque el único movimiento político argentino que, históricamente, ha sostenido una práctica económica vagamente keynesiana es el peronismo. Los radicales nunca tuvieron doctrina económica propia. El PRO fue liberal moderado pero sin vuelo teórico. Milei es austríaco radical. El peronismo, desde 1945, aplica intuitivamente lo que Keynes formalizó teóricamente en 1936: el Estado como motor del desarrollo, el pleno empleo como objetivo central, la intervención activa para corregir las fallas del mercado.
Entonces el volver del pueblo argentino es un volver a Keynes y un volver al peronismo a la vez. Una sola operación con dos nombres distintos. Si Kicillof hubiera tenido sentido del timing histórico, habría titulado su libro no De Smith a Keynes sino Volver a Keynes, y lo habría publicado en 2026. Ese título resumiría perfectamente lo que está pasando.
VI. El peronismo al que se vuelve no es el peronismo del que se viene
Acá hay que ser preciso para no caer en romanticismo barato. El pueblo argentino no está volviendo al peronismo kirchnerista de Alberto Fernández. No está volviendo al cepo eterno, ni a los ministerios inflados, ni a la inflación del 211%, ni al dólar blue a cinco veces el oficial. Eso ya lo rechazó en 2023, y no lo va a votar en 2027.
El peronismo al que vuelve es un peronismo renovado, más parecido a la socialdemocracia europea keynesiana que al peronismo histórico argentino. Es un peronismo que acepta el equilibrio fiscal como principio no negociable, pero aplica Keynes dentro de ese equilibrio: invirtiendo con inteligencia, sosteniendo demanda agregada sin emitir, protegiendo empleo sin destruir la macro. Es un peronismo que entiende que el Estado tiene que ser activo y ordenado, no activo y deficitario.
Esta distinción es crucial, y conecta con los tres ensayos anteriores de esta serie. En Si el minarquismo es la evolución del peronismo argumenté que el peronismo, históricamente, gira a la derecha cuando administra en serio. Eso sigue siendo cierto en términos fiscales. Pero el peronismo que vuelva en 2027 no va a ser minarquista puro, como propuso aquel ensayo en su lectura filosófica. Va a ser, en la práctica, keynesianismo con disciplina fiscal. Un híbrido entre el minarquismo fiscal de Hayek en lo macro y el keynesianismo activo en la gestión micro de empleo y demanda.
¿Puede sostenerse ese híbrido? Empíricamente sí. Alemania lo hace. Los países nórdicos lo hacen. Incluso España, bajo Pedro Sánchez, lo hace: equilibrio fiscal relativo combinado con políticas activas de protección laboral, como la jornada de 35 horas semanales que el gobierno español aplica a los empleados públicos y propone extender al sector privado. Eso es keynesianismo aplicado con responsabilidad fiscal. No es Keynes puro ni Hayek puro: es el punto medio que los socialdemócratas europeos encontraron después de cincuenta años de ensayo y error.
El peronismo del 27 debería ir por ese lado. No hacia el kirchnerismo puro ni hacia el mileísmo puro, sino hacia una síntesis criolla del modelo socialdemócrata europeo: equilibrio fiscal como límite duro, pero activismo estatal inteligente dentro de ese límite para proteger empleo, sostener demanda, financiar educación y salud de calidad, e invertir estratégicamente en infraestructura.
Ese es el peronismo keynesiano que el pueblo argentino, intuitivamente, está reclamando. No tiene nombre todavía, pero tiene forma. Y cuando llegue, lo hará bajo el envase de alguien —Kicillof, Massa, Larreta, o un outsider— que sepa traducir la intuición popular en programa de gobierno aplicable.
VII. La tensión no resuelta: ¿cómo se paga lo keynesiano sin emitir?
Acá está el problema técnico más serio de toda esta construcción, y conviene no disimularlo. Keynes proponía déficit fiscal en las crisis para financiar la intervención estatal. Los países europeos que aplican hoy un keynesianismo moderado pueden hacerlo porque tienen moneda creíble, deuda sostenible, y mercados de capitales profundos que les prestan a tasas bajas. Argentina no tiene nada de eso. El peso no es creíble. La deuda pública es enorme. El mercado de capitales local es raquítico. Y cualquier intento de déficit fiscal, por pequeño que sea, se traduce inmediatamente en emisión monetaria e inflación.
Entonces, ¿cómo aplica keynesianismo un peronismo argentino del 27 sin caer en los errores del pasado?
La respuesta honesta es: con mucha más astucia que en el pasado. Específicamente, tres cosas.
Primero, priorizar la obra pública financiada con endeudamiento externo a tasas razonables, usando el equilibrio fiscal logrado por Milei como colateral de credibilidad. Esto requiere mantener el superávit primario y negociar con los mercados desde una posición de solvencia, no de fragilidad como en 2020-2022.
Segundo, usar la política fiscal de forma selectiva, no masiva. Incentivos fiscales a la inversión privada en sectores estratégicos —tecnología, energía, agroindustria de valor agregado— en lugar de subsidios universales. Descuentos tributarios específicos para pymes generadoras de empleo. Esto moviliza demanda agregada con mucho menos gasto fiscal directo que los planes tradicionales.
Tercero, reconstruir el mercado de capitales local para que el Estado argentino pueda financiarse en pesos a plazos largos, como hace cualquier país serio. Eso significa continuar el saneamiento del Banco Central iniciado por Milei, mantener independencia del BCRA respecto al Tesoro, y recuperar la confianza de los inversores locales que hoy fugan capitales por desconfianza crónica.
Ninguno de los tres elementos es ideológicamente puro. El primero usa herencia mileísta. El segundo se parece más a la política de oferta de Reagan que al keynesianismo clásico. El tercero requiere disciplina monetaria austríaca mientras se hace keynesianismo fiscal selectivo. Es un híbrido.
Pero es el único híbrido que puede funcionar. El keynesianismo puro en Argentina lleva inevitablemente a la hiperinflación, como demostró Alberto Fernández. El austríaco puro lleva a la destrucción del empleo y al estancamiento social, como está demostrando Milei. El punto medio es angosto, difícil de transitar, requiere cuadros técnicos de altísima calidad. Pero existe.
VIII. Si Milei gana: qué tendría que aprender de Keynes
Hasta acá el ensayo asumió la hipótesis del retorno peronista. Pero conviene cerrar con la hipótesis contraria, que es la originalmente planteada para este ensayo: si Milei gana la reelección en 2027, ¿qué debería hacer?
La respuesta, paradójicamente, también pasa por Keynes. Aunque a Milei le cueste admitirlo, los problemas que enfrenta hoy —empleo privado en caída, inflación persistente en el 30%, percepción social de crueldad— son exactamente los problemas que Keynes identificó en los años treinta como consecuencia del ortodoxismo aplicado sin matices. El equilibrio subóptimo con desempleo persistente. Los animal spirits deprimidos. La demanda agregada insuficiente para sostener crecimiento.
Un Milei inteligente en su segundo mandato —si llega— debería incorporar elementos keynesianos a su programa austríaco sin renunciar al núcleo del proyecto. Específicamente: usar parte del superávit fiscal logrado para financiar obra pública estratégica, no solo reducir deuda. Aplicar incentivos fiscales selectivos a sectores generadores de empleo, especialmente pymes. Moderar la crueldad comunicacional que deprime los animal spirits y le impide a los empresarios invertir con confianza. Reconciliarse con los gobernadores porque la coparticipación federal es, queramos o no, un instrumento de política fiscal anticíclica.
Nada de esto es traición al austríaco. Hayek mismo, en sus textos tardíos, admitió que en situaciones específicas el Estado podía tener un rol activo sin violar los principios del liberalismo clásico. Mises era más rígido, pero incluso Mises reconocía que la transición de una economía estatizada a una economía de mercado requería ajustes graduales, no demoliciones instantáneas. El Milei del segundo mandato, si es astuto, se correría del Rothbard maximalista al Hayek realista. Sería menos espectacular pero más efectivo.
El problema es que Milei es temperamentalmente Rothbard, no Hayek. Su personalidad política lo empuja a la radicalización permanente, no a la moderación técnica. Si gana en 2027, la pregunta será si puede hacer ese tránsito interior —de Rothbard a Hayek— que su primer mandato le enseñó que necesita hacer. Probablemente no pueda. Probablemente se radicalice más en lugar de moderarse. Y ahí el segundo Milei terminará mal, como terminó la convertibilidad en 2001: con los principios doctrinarios intactos y la economía real destrozada.
IX. El veredicto de la historia
Hay algo poético en toda esta configuración que vale la pena señalar para cerrar. La grieta argentina de 2023-2027 es la misma grieta teórica que dividió al mundo en los años treinta entre Keynes y Hayek. Es una grieta ya resuelta históricamente, al menos en los términos gruesos: el mundo desarrollado adoptó el keynesianismo en 1945, aplicó Estado de bienestar durante treinta años, tuvo crisis de estanflación en los setenta, aplicó monetarismo neoliberal con Reagan y Thatcher en los ochenta, tuvo la crisis de 2008 que mostró los límites del neoliberalismo, y volvió a una síntesis keynesiana moderada desde entonces, especialmente en Europa.
Argentina llegó tarde a esa conversación, como llega tarde a casi todas las conversaciones internacionales. Estamos teniendo en 2026, con Milei y Kicillof, el debate que el mundo tuvo en los años treinta. Vamos a llegar, con sesenta años de atraso, a la misma conclusión a la que llegaron los países serios: ni el intervencionismo estatalista puro ni el liberalismo austríaco puro funcionan. Lo que funciona es la síntesis socialdemócrata con disciplina fiscal.
Y el vehículo político argentino para esa síntesis, paradójicamente, es el peronismo. No porque sea filosóficamente keynesiano por doctrina —no lo es; es pragmático por esencia, como argumenté en el ensayo del minarquismo—. Sino porque es el único movimiento argentino con la estructura, la épica, y la capacidad de aplicar políticas redistributivas sin romper el sistema. Los radicales no pueden. El PRO se extinguió. La Libertad Avanza es lo contrario. Queda el peronismo.
Volver a Keynes y volver al peronismo son, en la Argentina de 2026, la misma operación con dos nombres distintos. Y esa operación va a ocurrir, tarde o temprano. Lo único que se discute es si ocurre en octubre de 2027 con una victoria peronista, o si ocurre más tarde, después de un segundo mandato de Milei que termine igual que terminó De la Rúa en 2001. En cualquier escenario, el péndulo de la historia económica argentina ya empezó a moverse. Y se mueve hacia donde se mueve siempre que el pueblo se cansa de la ortodoxia sin resultados: hacia el Estado que protege, que interviene, que corrige, que iguala.
Hacia Keynes. Hacia el peronismo. Hacia el volver que Kicillof escribió sin saber del todo cuánto significaba esa palabra.
Hacia un país que, después de siete décadas de oscilaciones extremas entre estatismo y liberalismo, quizás encuentre finalmente su punto de equilibrio. No en el Estado obeso de Cristina ni en el motosierra de Milei, sino en algún lugar intermedio donde el Estado funcione sin sofocar, donde el mercado exista sin devorar, donde la dignidad del trabajador sea un valor no negociable pero la responsabilidad fiscal también.
Ese país, si llega, no será el país de Perón. No será el país de Menem. No será el país de Kirchner. Será, por primera vez en su historia moderna, un país normal. Y si el peronismo es el instrumento que lo construye, lo hará sin saber del todo que está aplicando las ideas de un inglés aristocrático que escribió su obra más importante en 1936 y que murió sin conocer la Argentina.
La historia, a veces, cierra sus ciclos así: con una victoria póstuma del teórico correcto en un país que nunca lo leyó directamente pero que, intuitivamente, siempre lo necesitó.
Volver a Keynes, decía Kicillof. Y tenía razón, aunque probablemente no sospechara todo lo que esa palabra contenía.
Este ensayo cierra la serie iniciada en "Si el minarquismo es la evolución del peronismo", continuada en "El peronismo que puede ganar en 2027 es de derecha" y "El peronismo del 27 tiene diagnóstico, pero no tiene cara". Forma parte del reto 4 dias 4 ensayos

Ignacio Uriel Galetto Rodriguez
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