Fue conjurado a la existencia hace tres décadas, pero como el resto de los espíritus, yo existía mucho antes que él. Empecé a gravitar su estrella cuando noté que antes de articular sus primeras palabras ya era pulsión. Deseaba, anhelaba con un fervor casi místico para un alma tan joven, como si arrastrara penas de vidas pasadas.
Estuve en el momento en que dió sus primeros pasos: incluso en la primer pisada ya estaba visualizando la meta, deseando llegar. Le ví crecer rodeado de gente, anhelando conectar con sus pares, deseando con todas sus fuerzas que vincularse le fuera tan fácil como lo era para los demás. Fue ahí cuando me volví su sombra.
Un lunes a mitad de recreo cuando se sentó a observar solo en el patio. La noche de su primer salida de boliche cuando nadie quiso bailar con él. Cuando miró el precipicio desde el balcón y decidió no saltar. Cuando deshizo el nudo de la soga. Cuando envainó la navaja. Cuando su madre dejó este plano para unirse a mi plano original. Estuve siempre intentando abrazarle, a pesar de que no sabía que yo estaba ahí. Aunque no pudiera sentirme.
Los años pasaron y cada palabra no dicha o no escuchada, cada caricia no dada ni recibida, cada abrazo negado o rechazado se convirtieron en pequeñas muertes; como la telaraña que se dibuja en un espejo que se rompe. Cada una un puñado de tierra que se acumuló hasta que lo cubrieron por completo. Ahí fue cuando me dí cuenta que habitábamos la misma casa. Cuando busqué por todos los rincones sin poder hallarle.
He tenido muchos nombres a lo largo de la historia: Deseo, Pulsión, Vitalidad, Resolución, Drive, Anhelo, Qi, Prana, Aliento De Vida. Aunque ahora que habito su cuerpo y visto su cara mientras interpreto su personaje y le sigo buscando, me gusta como suena "Voluntad".
Pero también me siento muy honrado cuando me llaman por su nombre.
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