Incluso la luna se aflige
de esta banalidad que exhortamos,
como distancia.
¿Qué es esta distancia?
Ya compartimos la misma tierra,
en imperecederas formas de muerte,
en las tormentas que se bifurcan
en los lagrimales de una soledad.
Habré fallecido primero,
a vísperas de lo inevitable,
abatida en la ausencia de un despertar.
En otras, sangré ante la finitud de su partida,
en gradas ceniles de la obra de una vejez.
Y acampé en el desamparo,
hecho velorio.
Historias de alma vieja,
acurrucadas en la cobardía
de un cuerpo corrupto,
de un porvenir moderno,
que no comulga con vestigios anticuados,
ni con la resurrección de una boca prodigiosa,
del sabor de una amante de antaño.
Se olvida el cuerpo de una estoica travesía,
pero la luna siempre me recuerda:
todas las vidas, los decesos,
rezos exorcizados de un aliento devoto.
Habré tenido un amor
por el que suicidé a mis ideales,
en su nombre.
Que en esta vivencia,
lejos de amortiguar mi cautivo deseo,
prefiero, nuevamente, beber un sorbo
que me sucumba a los rosales del veneno.
Que sus espinas me hagan poeta
de aquello que me es negado.
Porque esta vez,
vivo para contarlo.
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