Destapé una botella de vino que alguien había dejado abandonada en una esquina. Era un vino blanco, dulce, como mi amiga —la culpable de arrastrarme a esta fiesta pedorra. En vez de estar leyendo o practicando mi escritura, terminé en este departamento repleto de pendejos aburridos y olor a pucho barato.
Lo único que podía salvarme era ese vino, así que agarré un vaso rojo de plástico, tirado sobre la mesa, y me serví una copa. Uf, esto estaba...
—Rico, ¿no? —dijo una voz masculina a mi oído. Fuerte. Pensé que me gritaba, pero en realidad era la única forma de hacerse escuchar: L-Gante sonaba tan alto en el living que para hablar había que dejar la garganta.
—Sí, está muy bueno —le respondí, dándome vuelta.
Estaba justo detrás mío. Alto. Tanto que bloqueaba mi vista: ya no veía a nadie, solo a él. Su pelo oscuro se iluminaba con esas insoportables luces de colores. Pero, gracias a ellas, pude ver sus ojos: castaño claro, tan parecido al tono de este vino dulce que tenía en la mano.
Me invadió una sed repentina y tomé un sorbo largo. De los nervios, casi derramo un poco. Me lamí los labios, tratando de evitar el desastre, sin darme cuenta de que el verdadero desastre ya había empezado: su mirada clavada en mi boca. La mía, perdida en la suya.
Y me pregunté:
¿Qué sabrá mejor?
¿Este vino que me rescató de la noche o la lengua del desconocido que tengo enfrente?
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