Conocer a alguien hoy me da ansiedad.
No porque no quiera,
sino porque ya sé lo que cuesta después.
No vengo vacía.
Vengo cansada, con historia, con hijos,
con un ritmo que me salvó pero también me aceleró.
Entonces cuando aparece alguien tranquilo,
mi cuerpo no descansa: se inquieta.
Soy mamá.
No puedo jugar a ver qué pasa como antes.
Cada acercamiento trae preguntas que no quiero responder apurada:
¿esto es solo compañía?
¿es deseo?
¿es refugio?
¿es costumbre?
¿o es algo que va a crecer?
Empieza desde la amistad
y eso es peligroso y lindo a la vez.
Porque sé que puede pasar algo
y también sé que, si pasa,
ya no es solo mío.
No quiero lo fugaz que desordena
ni lo precoz que promete más de lo que puede sostener.
Tampoco quiero cerrar por miedo
ni abrir por ansiedad.
No sé cuándo estoy lista.
Sé cuándo no lo estoy.
Y hoy necesito tiempo
para sentir sin actuar,
para compartir sin mezclar,
para cuidar a mis hijos
sin borrarme yo.
No necesito señales.
Necesito coherencia.
Si algo es real, va a soportar la espera.
Y si no la soporta,
no era para mí.
Voy despacio
no porque tenga miedo,
sino porque ya aprendí lo que pasa
cuando no lo hago.
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