Ayer Domingo recibí un llamado de mi hermano: prepará a Francisco, te pasamos a buscar y vamos a los bosques de Palermo para pasar la tarde.
Por un lado me puse contento por Fran, pero en el fondo sabía, sin embargo, que tan de pronto me sobrevendría un aplastante y pálido ánimo.
Un rato después estábamos tirados en el pasto tomando mate. A la sombra se estaba más o menos bien, si entendemos por bien no querer matar gente.
Gente. Personas por todos lados, con sus cuerpos esbeltos tan porteños. Yo sentía, como casi siempre, una profunda desconexión con la realidad. No porque ella me engañe, en el sento psicótico de la palabra. No se trata de locura. Simplemente no pertenezco a nada. De golpe y por momentos una profunda sensación de no estar allí pero tampoco acá o allá, una íntima desconexión con el mundo. Mis ojos mirando a la nada y unos pensamientos irresueltos. Después me vuelve a conectar una caricia o el llamado de mi hijo.
Se apaga y se prende el cerebro autista.
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Buy a coffeeFernando Marasso
Licenciado en Filosofía por la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) . Autista.
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