Hay tardes que parecen una pregunta.
No lo parecen por el clima ni por el cielo, que ese día estaba limpio, dócil, casi obediente, sino por algo más sutil, una sensación de que el mundo está a punto de decirnos algo importante y, sin embargo, decide hacerlo en voz baja.
Esa tarde era así.
Estábamos sentados en el césped, allí donde la ciudad se vuelve menos ciudad y más pausa. El sol caía oblicuo, con ese tono dorado que tienen las cosas cuando saben que pronto deberán despedirse. El otoño había comenzado hace unas semanas, pero el aire ya insinuaba esa nostalgia temprana que traen los cambios de estación. Como si el verano, orgulloso y luminoso, estuviera preparando lentamente su negada retirada. Por fin teníamos sol luego de días llenos de frío, nubes e incluso lluvia, poco común en abril. Era nuestro pequeño veranito de San Juan
Nosotros tres lo sabíamos, aunque nadie lo dijo.
Adolfo, Agostina y yo.
Tres cuerpos acomodados sobre el pasto tibio, tres silencios distintos compartiendo el mismo sol. El mate circulaba con esa solemnidad doméstica que tienen los rituales rioplatenses: cebar, pasar, beber, devolver. Como si cada ronda fuese una forma de decir seguimos acá.
Entre mate y mate, fumábamos unos puchos. El humo subía despacio, con la elegancia efímera de las cosas que nacen para desaparecer.
Fue entonces cuando Agostina metió la mano en su totebag.
Sacó un paraguas pequeño, compacto, de esos que venden en las tiendas de bolucompras como “sombrillas de bolsillo”, creo que pertenece a esa gama de objetos curiosos que parecen diseñados para proteger una intimidad mínima. Lo desplegó con un gesto rápido y lo sostuvo sobre su cabeza.
La sombra que proyectó era pequeña, apenas suficiente para su rostro.
Nos miró. Tal vez nuestra expresión traicionó un pensamiento compartido, porque enseguida dijo:
—¿Qué pasa? Está muy fuerte el sol.
Adolfo la miró como si aquella frase hubiera herido algo más profundo que el verano. Hay personas que defienden ciertas cosas con la intensidad con la que otros defienden ideas. Adolfo defendía al sol.
—¿Cómo podés decir que te gusta algo si no lo soportás? —le preguntó—. ¿No que te encantaba el sol a vos, no que muy team verano?
Agostina hizo ese gesto con la mano que consiste en juntar dedos y aire al mismo tiempo, como si estuviera amasando una pequeña indignación invisible. Sí, le hizo el montoncito.
—Sí me gusta —respondió—. Que me guste el sol no significa que me quiera quemar, nene, tampoco soy tonta.
Adolfo se inclinó hacia adelante, pensativo. Movió las manos como si tratara de acomodar una idea en el aire.
—Pero si te gust...
—¡Porque quedarme acá sin sombra por mucho rato me haría odiarlo, me pondría muy roja, me puedo hasta insolar! —lo interrumpió Agostina casi al instante.
El viento movió apenas la tela de la sombrilla.
El sol seguía brillando. Pero algo había cambiado en la conversación.
Adolfo se quedó en silencio durante unos segundos que parecieron más largos de lo que realmente fueron. A veces los silencios tienen la elasticidad del pensamiento.
—Y….No sé, bo —dijo finalmente—. A mí sí me gusta el sol, sin condiciones ni intermedios, lo que pasa es que me gusta que me dé directo. Como si me atravesaran sus rayos.
Esa frase quedó flotando. No sé si lo notaron, pero en ese momento el parque pareció quedarse escuchando.
Agostina bajó un poco la mirada. Su voz, cuando habló, ya no tenía la chispa juguetona de antes.
—Es que yo ya me he quemado antes. No me gustó, me lastimó y me quedaron marcas que todavía cargo hasta hoy como recuerdo de no haberme salido a tiempo del sol.
Adolfo no respondió enseguida. Miraba el pequeño charco que había frente a nosotros, donde el sol se rompía en fragmentos de luz.
—Entonces no te gusta el sol —dijo al fin—. Te gusta cómo te hace sentir… menos sola, acogida, acompañada.
Yo había permanecido callado todo ese tiempo, observando la escena con esa fascinación que producen las discusiones aparentemente absurdas. Porque hay debates que empiezan hablando del clima y terminan revelando biografías.
—¿Y eso es malo? —pregunté.
Los dos me miraron. Sentí algo curioso al decirlo. Como si mi propia pregunta también me estuviera interrogando a mí.
Adolfo se encogió de hombros.
—Supongo que no, no sé, no es que tenga algo malo. Si me preguntan a mí, yo prefiero exponerme al sol, simplemente quemarme y no sentir nada.
Hubo en esa frase una grieta. Una de esas pequeñas fracturas por donde se cuelan las verdades que nadie había invitado a la conversación.
Agostina sostuvo la sombrilla con una delicadeza nueva, como si aquel objeto ya no fuera un accesorio contra el sol, sino una especie de argumento emocional.
—Y yo prefiero tomarlo con cautela, prefiero cuidarme para no dejar de sentir.
El silencio que siguió fue profundo, pero no incómodo. Fue de esos silencios que tienen forma de pensamiento. Miré el parque, las hojas verdes todavía aferradas a sus ramas, el sol descendiendo con la paciencia de un reloj antiguo.
Y entonces pensé algo en ese momento, pero no lo dije en voz alta. ¿Estábamos hablando realmente sobre el sol?, ¿hablamos del amor?, ¿proyectamos nuestras heridas bajo el disfraz de una conversación banal?
Adolfo quiere sentirlo todo, incluso si duele. Incluso si quema.
Agostina prefiere una sombra pequeña que le permita quedarse cerca sin destruirse.
Y yo…Bueno, yo siempre cargo cosas innecesarias, porque mi corazón es una especie de mochila climática.
En lo más hondo de mi pecho, siempre llevo una sombrilla por si llueve.
Un protector solar por si el sol se vuelve demasiado ardiente.
Y un abrigo por si la noche decide adelantarse.
Nos fumamos otro pucho.
Terminamos la última ronda de mate.
Después caminamos hasta la parada del bondi, como si aquel parque hubiera cerrado lentamente el capítulo de una conversación que quizá seguiría ocurriendo en nuestras cabezas durante años.
Mientras el bondi avanzaba por la ciudad ya oscura, una idea me acompañó todo el camino de regreso. Es más, han pasado un par de semanas y desde entonces no me abandona.
A veces me pregunto si mi déficit de vitamina D se debe realmente a la falta de sol.
O si, en realidad, lo que ocurre es que mi corazón, como ciertas pieles demasiado sensibles, todavía no ha aprendido cuánto amor puede recibir antes de empezar a arder.
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