Sus pies dolían.
Había caminado por aquel malecón durante toda la tarde, con una mano sostenía el par de sandalias desgastadas; con la otra se encargaba de sostener bien su cámara, lista para capturar cualquier buen paisaje o alguna mínima cosa que se le atravesara. El camino se volvió rocoso a partir de unos cuantos metros recorridos, para ser sincero ni siquiera recordó en qué momento dejó de sentir el piso liso para comenzar a magullarse con las pequeñas rocas incrustadas bajo las plantas de sus pies. El aire que golpeaba su rostro era fresco, pero la sensación térmica en su cuerpo permanecía cálida. La brisa marina acariciaba con timidez cada facción y pequeño pedazo de piel expuesto, envolviéndolo en un ambiente agradable.
Cansado de torturar a sus pies contra aquella superficie irregular, bajó decidido a fundirse con la arena caliente de la playa. Sus dedos se enterraron con facilidad en la nueva textura, avanzando a pasos lentos y pesados hasta su destino: un pequeño lugar cerca de la orilla del mar.
Tomó asiento sin dudar, importandole poco si su ropa quedaba impregnada con la arena. Sus oídos estaban ocupados percibiendo cualquier mínimo sonido: desde el romper calmado de las olas, hasta la risa de los pocos infantes que aún jugaban en aquel lugar. Tampoco pasaba por alto la música animada desde algún bar no muy lejano, un total contraste con las canciones suaves y melancólicas que provenían desde la bocina de alguna pobre alma en pena.
Fue ahí que, con su vista pegada al atardecer, los recuerdos, sueños y deseos llegaron a su mente. La playa era un lugar relativamente significativo para su persona, aquel lugar que le recordaba con cariño su caótica infancia, buenos y malos momentos, pero también sueños sin cumplir con la arena bajo sus pies. Su mente se desató por cuenta propia.
Y ahí lo vió a él.
Se acercaba a pasos lentos, cautelosos, cual depredador aproximándose a su presa; pero su sonrisa, esa sonrisa tan característica, le daba la seguridad de esperarlo con los brazos abiertos. De un momento a otro ambos estaban sentados uno junto al otro, contemplando la puesta de sol, el cielo se teñía de tonos naranjas, anunciando el inminente final del día.
— Los atardeceres me recuerdan a ti.
Rompió el silencio con aquel extraño no tan extraño.
—¿Por qué?
Preguntó la presencia a su lado, intrigada.
— Porque con ambos siento una paz exquisita al observarlos. Los tonos naranjas son tan cálidos como tu piel, y tu manera de alejarte se asemeja al sol desapareciendo en el océano: hermoso y cruel al mismo tiempo.
No recibió una respuesta, no le importó, estaba acostumbrado al silencio.
Una sonrisa nostálgica adornó su rostro al notar cómo finalmente el mar cubría al sol. Fue ahí donde intentó recostar su cabeza en el hombro de aquel hombre, y lo único que recibió fue: nada.
La oscuridad invadió rápidamente la playa, enfriando el ambiente poco a poco. La presencia fantasmal desapareciendo nuevamente. Sabía que sus palabras jamás serían escuchadas por quien deseaba, pero al menos quedaban atrapadas entre las olas, el viento, la arena y su alma nostálgica.
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