Me despierta la noche con un vaso de hiel,
la vida es un festín donde muerde la hiel.
Bebo de su rabia, saboreo su engaño,
y en cada sorbo encuentro otro extraño daño.
Odio las manos que prometen y mienten,
odio las voces que al alma aprieten.
La gente es ruido, farsa sin destino,
mi pecho un volcán que vomita repudio y vino.
Que muera la aurora en mi ventana fría,
que se pudra el día en su propia agonía.
Si el mundo es un árbol de fruta podrida,
yo soy la raíz que lo niega y lo aniquila.
No busco perdón, no imploro clemencia,
mi lengua es un dardo, mi silencio, sentencia.
Veneno en la boca, amargo como un rito:
odio a la vida y a todo su infinito.
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