La luna se cuela, febril, por mi ventana,
como una enferma que, blanca, aún desea bailar;
en mis venas la noche, como tinta temprana,
y tú, mi condena, venís a embrujar…
He oído la campana — ¡su tono sagrado!—
marca el final de este vals de alquitrán,
donde los huesos ríen y el pecado
se viste de gala para su gran final.
Tus labios, fulgor de peste y de vino,
ardieron sobre mí con tacto de adiós;
sentí, en tu beso, el estigma divino
de quien ama al borde del último Dios.
Tu mirada, luna, tan pálida y honda,
me dijo: "Es esta la última vez".
Y danzamos — ¡danza maldita y redonda!—
al son de un cataclismo que embriaga al revés.
Yo, vestigio de un santo que no redimieron,
vos, bruja vestida en terciopelo gris;
ambos, cadáveres que no entendieron
si morir era huir… o quedarse allí.
Solo quiero ser, dijiste entre dientes,
mientras la Muerte tocaba el tambor.
Solo quiero ser, susurraste, ardiente,
tu hechicera, tu luna, tu último amor.
¡Sí! Embrújame, que se derrumbe el cielo,
que llueva alquitrán sobre nuestra pasión.
Que el Apocalipsis sea terciopelo,
y nos encuentre danzando en su canción.
Toda la noche, que sea un himno oscuro,
un lamento gótico, un delirio de piel,
una plegaria de rojos impuros
bajo el brillo enfermo del lucero infiel.
Ya no hay mañana, ya no hay redención,
solo este instante, esta carne, esta sed.
Si el fin es un beso — ¡bendita maldición!—
que se acabe el mundo... pero después.

Giovanni Battista Manassero
Escribo para encontrar lo extraordinario en lo cotidiano, entre el absurdo, la nostalgia y el mate bien amargo.
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