𝓿𝓲𝓮𝓳𝓸 𝓪𝓶𝓸𝓻
Viejo amante,
aún sigo suplicando por esa «interminable ternura»
que alguna vez me prometiste,
en donde eternamente pertenezco de rodillas con rezos vacíos.
Mis rodillas duelen, pero aún sigo arrastrando mis pies en un laberinto,
desesperanzada como un alma cuya fe le ha sido arrebatada.
Mis pasos no se detienen, no razonan ni tienen memoria.
No entienden que en la guerra solo uno gana,
y yo decidí quererte como quien muere ante promesas
y penas.
Y qué no haría por vos, si en mis rezos canto tu nombre en un estado lamentable,
rezándole a Dios que no se olvidé de vos
ni del polvo de mis huesos, que llevan con desilusión tan brusca
una soledad impregnada.
Mi cuerpo, que se niega a olvidar tus besos inocentes.
Mi cuerpo, que se niega a olvidar tus toques imprudentes.
Mi cuerpo, que lleva el peso de toda tu poca dulzura…
y no me arrepiento,
si sentirte era sentir a Dios.
Amante. Amado.
Te llevo más allá de mi memoria, en aquello eterno que no se olvida ni borra.
Y si alguna súplica se me escapa, avergonzada,
mis labios confesarán el deseo de sentir, en algún momento,
que vuelvas para envolver mi cuerpo una vez más.
Que no soporta vivir en donde no lo ves,
Que no soporta vivir sin tu ternura.
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