La noche yacía como un sudario de plomo. Entre ramas marchitas, se posó el cuervo: ala de luto, pico de obsidiana. Sus ojos eran carbones encendidos de avidez.
Cuervo:
Albina espectra, tu plumaje me fulmina.
He surcado abismos y cenizas para expoliar tus orbes, y robarme la aurora que en ti palpita.
La lechuza, estatua de alabastro viviente, giró el rostro lentamente. Su mirada era un cenotafio de siglos, fría y solemne.
Lechuza:
Pobre córvido de duelo.
Tus intenciones apestan a deseo y ceniza.
¿No sabes que quien ansía la luz, arde en su propio espectro?
El cuervo agitó las alas, levantando un remolino de hojas marchitas que olían a tumba.
Cuervo:
Prefiero arder que permanecer en esta penumbra inmunda.
Dame tus orbes, sacerdotisa del alba.
Lechuza:
No.
Te ofreceré mi caricia —que es filo—.
Y beberé tu miocardio hasta oírlo callar.
Un silencio pesado cayó entre ellos, como plomo derramado.
El cuervo gritó un último resuello, un eco de su propia perdición:
Cuervo:
Así sea. Que mi sombra sea tu vino.
La lechuza inclinó la cabeza y, con un movimiento que era danza y condena, le arrancó el corazón. Lo sostuvo como un relicario palpitante, mientras su mirada se apagaba en la noche de los siglos.
Lechuza:
Y tu corazón, mi reliquia eterna.
La bruma lo envolvió todo; ramas, hojas y lamentos se confundieron en un oscuro compás. La vigilia continuó, eterna, donde un cuervo había amado la luz y la lechuza había reclamado la eternidad.
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