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Una tarde azul

Oct 22, 2025

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Una tarde azul
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Una tarde azul…

«Qué importa el tiempo sucesivo si en él hubo una plenitud, un éxtasis, una tarde.»

El otro, el mismo 

Jorge Luis Borges

Nos separamos. Nos dijimos adiós como si hubiera un mañana. Los dos sabíamos que nuestra relación sonaba como una última melodía. Fue un viernes tranquilo, con gente en las calles y con historias que empezaban o terminaban. La nuestra terminaba con la misma naturalidad con que había comenzado tres años atrás, en aquella fiesta a la que fuimos sin la menor ilusión.

Nos habían invitado y, después, confesamos esa reticencia inicial: a ninguno de los dos nos atraían las fiestas. Pero fuimos, conversamos y nos conocimos. Coincidimos en un par de cuestiones sin relevancia, pero que alentaron futuras conversaciones. Una casualidad forzada quiso que nos encontráramos una tarde. Habían pasado dos semanas de aquella fiesta desganada, pero ya nos teníamos en la mente. Nuestros nombres soñaban con pronunciarse juntos.

Lo extraordinario ocurrió esa tarde: la coincidencia de almas, que siempre es un hecho extraordinario. Un encuentro posterior nos dio la certeza que necesitábamos para tomarnos de la mano, en su sentido más amplio. Nos hicimos inseparables y nuestro presente se colmó de la esencia del otro. En ese comienzo vital y arrollador, el signo fue el apego de los cuerpos y la urgencia de las palabras. La imposible precisión del lenguaje para expresar lo que desborda el alma.

El silencio, quizás, sea la derivación de palabras que no alcanzan a brotar, pese a la fuerza del amor, la rabia o el dolor. Palabras que mueren en tentativas. Nosotros tuvimos la dicha del primer silencio.

Lo aceptamos una tarde de septiembre. Sin darnos cuenta, la necesidad de hablar se había desvanecido. La urgencia de llenar con palabras los instantes compartidos había cesado. Era una tarde azul y clara. Las palabras habían cedido al silencio musical de dos almas que, por fin, se encontraban. Caminábamos por una plaza con flores recientes. Una primavera plena nos separó un instante; nuestras miradas se perdieron y nuestros pensamientos viajaron a otros destinos. Fue nuestro primer silencio compartido.

Lo hablamos más tarde, y en tu sonrisa encontré la respuesta. Nos habíamos descubierto inseparables sin necesidad de la palabra. El final de aquella tarde azul y clara abrazó nuestro primer silencio. La noche, también clara y fragante de una flor que solo imaginamos, envolvió una intimidad calma y prolongada. La luna aclaraba nuestra habitación, tu cuerpo desnudo y claro en la cama. La plenitud del tiempo presente. Afuera, lejos, había quedado el ruido del mundo y su trajín que desgasta los cuerpos y las almas. Todos caminaban indiferentes. Nosotros éramos el reverso de esa historia tediosa y repetida. Fuimos encuentro, vértigo y, de nuevo, silencio.

El día nos encontró saciados, colmados el uno del otro. Nadie se pregunta por la felicidad cuando embarga, cuando es aire y agua. La pregunta solo llega cuando la felicidad nos esquiva.

Nuestra vida siguió el curso del mundo, un mandato que no supimos quebrar. Fue el tiempo que anula y avanza. Todo pasa. Nos fuimos adaptando al reloj y a la rutina, a los días sin música ni color. Pero, sobre todo, sin palabras certeras ni silencios que lo explicaran todo. Un día, nuestro mundo se desplomó y no fuimos capaces de rehacerlo de la nada. Un rompecabezas que sugería una figura ideal y hermosa. Piezas de una felicidad que se perdía. En vano fueron nuestros intentos por completarla.

Nuestra historia ya tenía destino de inconclusa. No pudimos salvarla: las palabras fallidas restaban y el silencio se volvió distancia, sin el eco de aquel maravilloso silencio primero.

Nos separamos porque una estela de lo que habíamos vivido impidió el daño, dejando en el aire el recuerdo grato.

La nostalgia de una tarde azul y clara vuelve ahora, y es toda mía.

Hugo Arce

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