“Quería tan sólo intentar vivir aquello que tendía a brotar espontáneamente de mí ¿Por qué había de serme tan difícil?” Con ese fragmento, mi mamá empezó un cuaderno que me escribió desde que se enteró que estaba embarazada de mí hasta mis primeros años de edad. Lo sacó de uno de los últimos libros que leyó mi tío antes de morirse. Mientras escribía esto, le pregunté por qué eligió esa frase y se sorprendió que justo le pregunté ese día: “hoy se cumplen 34 años desde que falleció”. Siempre que hablamos del tema, mi mamá juega mucho con las palabras para no usar el verbo “morir”. Yo dudo que “fallecer” sea mejor.
Ese día, por primera vez, caí en cuenta que, entre la muerte de mi tío y mi nacimiento, hay exactamente 9 meses y 1 día.
Desde que recuerdo, siento que hay una conexión entre nosotros o por ahí es otro de los esfuerzos sobrenaturales que hacemos las personas por intentar que las cosas siempre respondan a algo más grande, más profundo, más trascendental. Pero es que en algo hay que creer.
Lo cierto es que los dos nacimos en enero, mes de los cumpleaños poco concurridos, de las velas que se derriten más rápido por el calor, de las tortas improvisadas y desprolijas, de los abrazos pegoteados por la sensación térmica y los cortes de luz.
Cuando era chica, mi mamá me festejaba los cumpleaños con mis compañeros antes, en noviembre. Cientos de fotos y videos dan cuenta de años de celebraciones a destiempo. “Los nenes cambian seguido de escuela y así, no te quedas sin festejar con tus amigos de este año”, me explicaba. Quizá también de ahí viene, mi necesidad de querer prever lo inesperado: atajar el penal que todavía no se pateó, poner curitas donde todavía no me lastimé.
Este año, el día de mi cumpleaños me desperté con un pajarito atrapado en mi balcón. Luchaba por salir a través del agujero cuadrado, diminuto de las rejas. Cada vez, tomaba envión con más ímpetu, pero sin éxito. Llegué a pensar que estaba lastimado, pero en verdad, estaba tan empecinado en salir por ahí que no veía el agujero enorme que tenía justo a su costado. Pensé que quizá era un mensaje, una señal porque en algo hay que creer.
Mi mamá a veces toma decisiones que no responden a la lógica del sentido común. A veces me enoja, muchas otras, me divierte. Se casó tres veces. La primera, era muy joven y se arrepintió en la misma fiesta. Consiguió que se lo anulen. Es de las que no va a aceptar que sólo haya uno o dos formas de hacer las cosas. Todavía hoy me cuenta cuentos donde todo es posible. Baraja, da de nuevo. En ella también creo.
También creo en los vínculos, cada vez más. En la amistad: ese paréntesis, el refugio, la trinchera.
Desde que me separé la última vez, siento que no conecto con nadie. Una persona me gustó 3 meses, otra una salida y media, el resto un rato o ninguno. A veces me da miedo que se me haya trabado algún botón en off.
Otras veces, me da miedo volverme indiferente frente a lo que un día me causó ternura.
En la fuerza de la ternura también creo. En mis miedos, no sé.
¿Me define el miedo o la esperanza? Pienso que quizá son la misma cosa. Ése algo que siempre queda allá lejos, abstracto, que me deja sentada esperando a no sé quién en las escaleritas de la puerta de una casa que no es mía, en el medio de un barrio que no conozco. La sensación de estar exactamente a la misma distancia de la posibilidad que de la ausencia.
Pienso que la esperanza también puede ser un monstruo.
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