Una historia de fantasmas
no empieza con una sábana blanca
ni con una puerta que cede sola.
Empieza más tarde.
Empieza en lo ínfimo:
un vaso en el borde exacto de la mesa,
una remera doblada con cierta inercia,
una notificación que no llega,
el ruido del agua cuando nadie se está bañando.
Después, se instalan.
Se sientan a la mesa,
duermen en nuestra cama,
aprenden nuestros horarios,
repiten nuestro nombre con la voz de alguien conocido.
Algunos se quedan viviendo en gestos chiquitos,
en la cadencia al abrir una ventana,
en ciertas palabras que uno sortea
para no invocarlos.
Una historia de fantasmas
también es una historia sobre la imaginación.
Sobre cómo el dolor sutura las escenas
que la vigilia dejó incompletas.
Sobre cómo uno vuelve a una conversación
y le injerta una frase.
Vuelve a una despedida
y cambia el tono.
Vuelve a una noche
y la hace más vasta de lo que fue.
No por mentir.
Por hambre.
Porque el pasado,
cuando no alcanza,
se vuelve un animal que exige más cuerpo.
Y entonces vuelve una fecha,
una calle,
una canción,
la geometría de la tarde.
Vuelve el olor de una casa
donde ya no habitamos.
Vuelve una versión nuestra
que no supo defenderse.
Y uno cree que está recordando,
pero no.
Está siendo recordado
por aquello que intentó olvidar.
Tantas veces dije que quería olvidar.
Y sin embargo,
todavía dejo la luz prendida
por si algo vuelve.
Por si alguien vuelve.
Por si esa parte de mí
que murió allá
todavía encuentra el camino a casa.
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