Cuando te conocí, no sabía qué hacía.
Tú, tan tranquilo y asombrado,
me trajiste calma y asentimiento.
Todo iba bien, empezábamos a conocernos.
Eras tímido al principio,
pero en tu mirada vivía la curiosidad.
Con el tiempo, fuiste tomando confianza.
Me gustaba verte, y más aún, descubrirte.
Te observaba... y no podía dejar de hacerlo.
¿Tú también observabas los míos?
No sé.
Había algo extraño: mi corazón temblaba,
pero lo ignoraba por completo.
¿Qué me pasa?, me preguntaba.
¿Por qué mis ojos te buscan tanto?
¿Será…? No.
Siento que me miento.
Presiento que ahora me ves,
pero no igual.
Presiento que algo cambió.
Jugamos, y mientras ríes,
yo solo pienso si me veo bien.
Tú sigues molestándome,
y en tu broma hay una chispa que no entiendo.
De pensar tanto, empiezo a ver cosas:
un tibio abrazo nacido del forcejeo,
nuestras manos entrelazadas en juego,
una risa suspendida entre nosotros.
A veces actúas raro,
y solo espero que no notes
que ahora te miro con otros ojos.
El tiempo pasó…
de ti no supe más.
Hasta que un día,
un chico se acercó y dijo:
“Hola, ¿cómo estás?”
No creía que volvería a verte.
Siento algo raro otra vez.
En cada palabra tuya, vibra algo conocido,
esa frecuencia que me atraviesa.
Te noto tímido… acaso, ¿puede ser?
¿También la sientes?
Una energía inmensa me recorre.
Me trabo al hablar,
las mejillas me arden.
No puedo mirarte,
pero tampoco puedo dejar de hacerlo.
Los chistes, los juegos de fuerza,
ya no se distinguen del todo.
Supongo que la diferencia ahora
es la resonancia compartida.
Our picks
Become a supporter of quaderno
Support this independent project and get exclusive benefits.
Start writing today on quaderno
We value quality, authenticity and diversity of voices.

Comments
There are no comments yet, be the first!
You must be logged in to comment
Log in