Han pasado más de veinte años,
y aunque se duerma conmigo la soledad,
he vuelto a vernos en el espejo.
Te notas más ahora que has crecido.
Aún llevas polvo de estrellas en las uñas,
y aunque no creas,
aún sigues siendo esa niña
que alguna vez tuvo miedo,
siendo una luz tan diminuta
en tanta oscuridad.
Ahora en ese reflejo
aparecieron rastros de la edad,
en esas líneas grises
que no reconocen que has crecido,
en esa graciosa idea tuya
en la que te fascinaba crecer.
Y he vivido con esa ilusión
de sentirme como tú.
En este reflejo puedo verte
cuando tenías ocho,
y mirabas al cielo
con un cosquilleo en el estómago,
como si pudieras jurar
que el universo te estaba mirando,
y te aferrabas a esa mano
sujeta al fuerte recuerdo.
Te vi cuando a los diez u once
te quedaste esperando
una nueva luz entrar por la ventana,
porque la tuya de a poco se apagaba.
Dijiste que querías desaparecer,
y yo me quedé ahí.
Mirarte de lejos
fue mi manera de sobrevivir,
cerrando mis manos
cada vez que intenté tocar
lo que no pude tener.
Conté los años
como se cuentan las cicatrices,
y me aprendí de memoria
la forma de tu sombra.
Aprendí a esconder
el deseo de irme contigo,
guardando tu nombre
como un rayito de sol
que en invierno nace débil
y se va,
una luz pequeñita
que olvidó
mirar hacia arriba.
Me veo en este reflejo tuyo,
y me doy cuenta
de los tipos de luces
que nacen en nuestros ojos,
en la punta de nuestros pies,
y en la manera
de cómo puedo
pronunciar tu nombre
sin tener miedo
de celebrarlo.
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