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Una arquitectura de los finales

Conrado

Mar 15, 2026

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Una arquitectura de los finales
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Dónde estoy yo y dónde estás vos. Qué es mío y qué es tuyo. Dónde estamos ahora que la situación cambió, que los vectores de nuestro deseo modificaron la dirección. Qué quedó. Qué quedó de mí y qué quedó de vos. Cuándo terminó realmente, o más bien, ¿realmente terminó?

Me cuestan los finales. Nunca sé cómo hacer para sostenerme en los finales. A veces algo termina y para mí no pasó absolutamente nada, y otras veces es al revés, algo finalizó en mí pero en la realidad todo se mantuvo intacto. Todos los finales son el mismo pero repetido, decía Sabina. En todos los finales uno se enfrenta a lo mismo: a la muerte de las cosas, al hecho imposible de digerir de que lo que una vez fue no está más. No hay maneras humanas de simbolizar la tragedia de la muerte, no hay significante. Es difícil, es inentendible. Por sobre todas las cosas, el duelo es inentendible. No se sabe qué se va. Uno no sabe dónde está, ni dónde está lo que se perdió. No se sabe a veces por qué duele tanto. Por qué morimos tanto nosotros cuando muere lo que amamos. Por qué nos vamos tanto nosotros con eso que se fue.

Así surge mi pregunta: qué era. Qué era lo que se fue. No era solo una cosa que estaba afuera de mí y yo anhelaba desde mi propia intimidad y ajenidad. Eso era yo. Algo mío estaba ahí. Por eso el duelo nos enfrenta también con un imposible propio de la misma condición humana, tan difícil de soportar: que no hay centro, que no hay sustancia ni unidad, que no hay yo, no hay a dónde volver, de dónde partir. Solo hay nudos de relaciones, universos de enajenación, paisajes de influencias y alienación, marcas del Otro que son más nosotros que lo que creemos. No estamos solo acá, en este cuerpo que sentimos como propio, en esta sustancia autorreferencial mediante la cual nos nombramos como Uno: estamos en muchos lugares, en muchos tiempos. En las cosas que amamos y en las que nos aman.

Hay que ponerle un nombre singular a la pérdida, decía un profesor mío. Encontrar las propias palabras para inscribirle una letra a ese imposible que ahora aparece como un agujero negro en el que uno parece estar cayendo todos los días lentamente hasta desaparecer por completo, sin retorno. Hay que ponerle nombre a los bordes, el nombre que le salga a cada uno; significar, vía la palabra o vía el rito, qué fue eso que se fue.

Me cuestan los finales, realmente. No termino las películas, las series, los libros. Los dejo a la mitad. En mi día a día hago las cosas de a poco, a veces ni siquiera las comienzo porque sé que allá, un poco más allá, está el final. Me cuesta irme a dormir, terminar el día. Me cuesta abrirme hacia los otros porque sé que el destino es un final fatal y absoluto. Me sostengo en la fantasía de una continuidad infinita. Cada final de cada cosa que termina en mi día a día, desde el final de las horas de la mañana hasta el final de un libro, escenifica adentro mío pequeños y abismales finales-del-mundo ante los que quedo atónito y perplejo.

Tosquelles habla sobre un fenómeno típico en la esquizofrenia, que define de manera simple y bella: una sensación, llegado el atardecer, de "final del mundo". Un padecer que no lo calman las pastillas ni los ejercicios terapéuticos. Ellos aprenden a lidiar con esta sensación, dice Tosquelles, y a veces mejoran y mucho: se reintegran un poco en el lazo social, pasan a formar parte de instituciones, de centros de día, de hogares. Pero si uno rastrea un poco, siempre está ahí, al fondo, escondido, el sentimiento de final del mundo. Quizás es la sensación de su propia desintegración psíquica, quizás cuando los sostenes imaginarios y los endebles trabajos por mantenerse en el discurso y en las coordenadas simbólicas fracasan, reaparece esta manera peculiar de sentirse en el mundo (en un mundo acabado). La muerte reaparece como el real imposible. El final, finalmente, desintegra. Me gusta escuchar el disco Disintegration, de The Cure. Un álbum que es, sin más, un trabajo singular mediante el cual Robert Smith intenta ponerle nombre a sus pérdidas y al paso del tiempo. Finalizado el disco uno no sabe bien si realmente pudo hacerlo. Pero el trabajo está ahí: es su obra.

Cuando me acerco mucho a los bordes de uno de los miles de finales que emergen en mi día a día me gusta hablar con mis amigos. Me gusta escucharlos, percibir sus modos de usar la palabra y de enfrentarse, cada uno, a los finales que los acechan a ellos también. Hacemos chistes, nos reímos mucho. Armo junto a ellos una red, una red de significantes que contiene un poco la angustia. Algo se anuda, y a partir de ahí puedo irme a dormir un poco más tranquilo, puedo saber que para mis amigos yo existo, tengo un nombre, una forma de estar en el mundo. Comparto junto a ellos chistes internos, una historia, diferentes escenas que nos han traído a todos acá, a este lugar, a esta conversación. Pensamos y organizamos proyectos, nos encauzamos juntos en viajes de deseo para llegar a sabe quién dónde... Caminamos hacia una estrella, solo eso, como decía Heidegger.

Perpetuamos la vida a partir de la eminencia de la muerte que nos toca la puerta, con sus miles de modos de presentarse todo el tiempo, en todas las cosas. Mis amigos arman las redes y los nudos de afecto y ternura a partir de los cuales me sostengo en el mundo. Mis amigos me dan palabras cuando a mí me faltan. Me hacen reír y me nombran a partir de mis apodos más íntimos y divertidos mientras yo, solitariamente, simbolizo mis finales.

Llego así al final del texto (le pongo un final a propósito porque si fuera por mí no terminaría nunca), y solo puedo decir lo siguiente: el duelo es una experiencia singular, que toca lo más profundo de uno y que se lleva a cabo solo. Es una experiencia de inscripción de una perdida, de una ausencia, que se realiza, sin más, solitariamente. Pero, aun así, es imposible llevarla a cabo sin la presencia de nuestros amigos, sin el afecto de los que amamos. Ellos arman la red, ellos dan la consistencia del mundo para que uno no caiga junto a lo que cayó, para que uno no finalice en esos pequeños y solemnes “finales-del-mundo” cotidianos que habitan en la inmanencia de las cosas.

Después del duelo seguramente aprenderemos a amar de otra manera, y quizás nos encontraremos con la muerte también de otros modos, y seguramente, así, enfrentaremos la vida con ojos y tiempos deseantes y novedosos. El deseo nace de las ruinas. El duelo es un trabajo con las ruinas. Una arquitectura hecha de ausencia.

Conrado

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