mobile isologo
search...

Un último cuento.

Annabeth

Aug 22, 2024

79
Un último cuento.
Start writing for free on quaderno

La pequeña niña lo abrazó.

-Tengo miedo, -susurró.

Él le acarició la cabeza.

-No te preocupes, yo voy a protegerte.

-Lo sé. Sé que lo harás.

Matias observó por la ventana, luego a la pequeña niña que estaba a su lado. Había jurado protegerla hacía ya tanto tiempo. No iba a romper su juramento ahora. Él observó la fecha en su reloj.

A pesar de que ya está rota, -susurró una voz en su mente.

-¿Te cuento una historia? -dijo en cambio.

La niña asintió.

Matias entonces comenzó a contarle.

-La historia es sobre una princesa, -comenzó, la pequeña niña mirándolo atentamente-. Se llamaba Ara... Amalia. Ella se llamaba Amalia, -la niña ladeó la cabeza, pero no dijo nada. Matias prosiguió-. Ella tuvo una infancia dura: su madre falleció cuando ella tenía doce años, y ella era la heredera al trono. Tenía muchos deberes. Por eso la princesa había prometido que protegería a su hermanita. Se lo había prometido a ella misma, porque no quería que nada jamás le sucediera, -él suspiró-. Pero un día sucedió algo terrible, algo que podía lastimarlas a ambas. Entonces la princesa tomó una decisión: le pidió a su amigo que la cuidara, mientras ella salía en busca de eso que podría lastimar a su hermanita y lo destruía.

-¿Le pasó algo a la princesa?

Matias le acarició el pelo.

-Tú sólo escucha, -ella se sentó muy derecha, y él procuró cerrar la cortina de la ventana antes de proseguir-. Amalia salió en su misión, pero su hermana no estaba a salvo. El rey quería usarla para conseguir más poder, y comenzó a llamarla para hablar más seguido, a obligarla a aceptar su futuro cómo princesa.

-Él no puede obligarla, -lo interrumpió la niña, cruzándose de brazos.

Matias sonrió.

-No, no podía. Y la pequeña princesa lo sabía, así que se reusó a oírlo, -continuó-. Ella era como tú: fuerte, valiente y muy muy terca, -la niña apretó los labios y él contuvo una risa-. Cuando él quiso obligarla a oirlo, ella huyó. El amigo de Amalia estaba muy preocupado, quería ir a buscarla. Pero la pequeña princesa estaba muy asustada: si él la seguía, tal vez jamás la volviera a ver. Así que, en cambio, él decidió ir a buscar a Amalia, su amiga, la única que podía calmar a la pequeña.

-¿Y la encontró?

Matias bajó la cabeza, intentando evitar que la historia lo abrumara.

-Sí, la encontró. Pero ya era demasiado tarde, -murmuró-. Amalia había desaparecido, había... -él suspiró-. Ella ya no estaba. Su hermanita estaba con ella. Había llegado antes que él, y él no había estado allí para poder salvarla.

Una lágrima resbaló por la mejilla de la niña.

-Pero... ¿pero él no la pudo salvar? -ella sacudió la cabeza-. Esta historia no me gusta.

Matias le dedicó una sonrisa suave.

-No, no pudo. Él la amaba, pero no pudo salvarla, -musitó-. Eso lo destrozó. Se fue de allí, huyó muy, muy lejos. Jamás volvió a saber del reino, o de nadie de allí.

-¿Y él sólo desapareció?

-Para las personas del pueblo, sí, sólo desapareció, -confirmó-. Pero él viajó lejos, hasta que un día encontró una mujer. Una mujer grande, una anciana, de hecho. Ella lo acogió en su casa, con una condición.

-¿Era una bruja mala?

Matias arrugó las cejas.

-No, no era mala. Y no era una bruja, -la corrigió-. La condición era que él le contara su historia. Él así lo hizo, a pesar que temía que la anciana lo culpara por abandonar a la hermana de Amalia, y por haber dejado morir a Amalia. Pero ella no lo dejó, no lo culpó por hacer lo que había hecho.

La niña negó con la cabeza.

-Yo le hubiera dicho que volviera con la hermanita, pobrecita.

Matias apretó los labios.

-Tienes que pensar que él se sentía culpable por no haber podido salvar a la princesa, -le recordó-. La anciana también lo comprendió, y le dio una oportunidad. Una oportunidad de enmendar sus errores.

La niña alzó una ceja.

-¿La vieja podía viajar en el tiempo?

Matias hizo una mueca.

-No, y no le digas vieja, -le dijo, luego dio un vistazo a su reloj y apretó los puños donde la niña no podía notarlo. Él suspiró y prosiguió-. La anciana le dio una oportunidad para poder ayudar a las personas, hacer lo que antes no pudo. Ella lo hizo viajar, a un lugar lejano. Tan lejano que los castillos eran algo antiguo, que la familia real ya no era tan importante. Un lugar donde podía hacer una nueva vida.

-¿Y él aceptó?

Matias le hizo cosquillas.

-Eres impaciente, ¿eh? -preguntó-. Sí, él aceptó. Cambió su nombre, sus ropas, y su identidad. Creó una vida nueva, una vida donde podía ayudar un poco más a las personas.

-¿Y vivió feliz para siempre?

Él contempló a la niña.

-Sí, podemos decir que sí.

-Pero, ¿él ya no tuvo más amigas?

-Si te preguntas si él se casó, no. Jamás lo hizo. Jamás pudo olvidar a la princesa, -Matias suspiró-. Sentía que era algo que le debía.

Antes de que la niña pudiera decir algo, los altavoces se prendieron con un estruendo.

-Damas y caballeros, prepárense para el impacto.

La niña volvió a abrazarlo.

-Tengo miedo.

Él le acarició los mechones sueltos, disculpándose en silencio. A su alrededor las personas eran presas del pánico, algunos llamaban a sus seres queridos, otros grababan audios y mensajes. Muchos rezaban, casi todos lloraban. Sólo un par de personas se habían quedado quietas, en silencio y con los ojos cerrados, aceptando su destino.

-Tranquila, -susurró-. Estás conmigo. Tranquila.

La niña respiró profundo, calmándose. Pero él sabía que, aunque él estuviera allí, no podía hacer nada. Simplemente dejar que ella enterrara su cara en su campera y no dejar que viera el lugar al cual se dirigían.

Matias miró su reloj, y una lágrima cayó por su mejilla. La anciana le había advertido sobre ese día, pero no le había dicho que él sucumbiría también. Sin embargo, no tenía miedo. Solo deseaba que la niña no hubiera estado con él. Ella merecía una vida, no pagar por los errores que él había cometido.

Ojalá la historia ayude a que esté tranquila, -pensó-. Por favor. Si hice algo bien, es que ella sea feliz en sus últimos momentos.

Matias abrazó a a niña, mientras la fecha brillaba fuerte en su reloj.

Los últimos rayos de sol desaparecieron cuando el avión colisionó contra el enorme edificio. Lo último que cruzó por su mente fue la cara de Amalia -de Arawyn-, susurrándole una fecha extraña, que no tenía sentido de donde él provenía.

Once de septiembre.

Annabeth

Comments

There are no comments yet, be the first!

You must be logged in to comment

Log in