...
Esta noria.
Me pregunto cómo aguantan, como no se cansan los periodistas decentes.
Porque es lo mismo día tras día.
Comprendo que los vendidos, los malnacidos, los que hacen por el mal ajeno y por el bien de su bolsillo, sigan machacando el mismo clavo día tras día, pero...
La decencia tiene muy escasa la perseverancia. Comprende lo inútil, lo repetitivo, lo desesperante de ir cada mañana al mismo muro de lamentos, dejar el papel de la dignidad doblado entre los resquicios y que este sea barrido a la tarde por el operario de turno.
Hay, en todo lo que se trata, un fondo que es siempre cocinado con los mismos ingredientes: usura, abuso, egoísmo, odio y mentiras. Cambia el nombre del plato que ha de ser servido: Corrupción, injusticia, guerra, bulo, prevaricación, comisiones, esclavitud, xenofobia, machismo..., pero la salsa, el sofrito, como en la cocina de Arguiñano, es siempre el mismo. En este caso del periodismo: usura, abuso, egoísmo, odio y mentiras (repito).
A mí me cansa, sobre todo, porque la supuesta variedad no es tal.
Periódicos del siglo pasado y del anterior, compendios de historia, relatos bíblicos, ficciones desde la Odisea hasta mi último libro; en todo eso está el mismo guiso.
Me entretengo viendo series de uno y otro tipo; ni una sola es original más allá de en algunos pequeños detalles; todas se componen de iguales tramas, similares argucias, idénticas filigranas argumentales: usura, abuso, egoísmo, odio y mentiras (tripito).
Sí, el amor y el desamor no faltan nunca, pero para uno y otro, también suele contar algo de lo enumerado redicho.
Tantos telediarios; tantos libros... Para más de lo mismo.
Quizás debería no haber más temporadas.
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