Un poco de mí: mis hijos, mis veinticuatro tatuajes, mis viajes, amaneceres y atardeceres, ríos, mares y montañas. Mis casas, laberintos que llegan a una infancia no querida, a un barrio de tango; café y comidas del abuelo, gritos y golpes de la abuela, peleas y llantos de papá y mamá. Mí refugio mi hermano, mi Sol, mi luz.
El odiado alcohol de papá se convirtió en elixir en la adolescencia, se convirtió en olvido y dejadez. Y todos, aún de grandes cuando ya aceptábamos nuestro pasado, todos seguían queriendo olvidar. Todos mostraban felicidad y en las almohadas dejaban lágrimas marcadas.
No nos enseñaron a sentir, a amar, a soltar, a soñar. No nos enseñaron pero igual lo hicimos, mal, pero lo hicimos. Y fuimos aprendiendo el valor del tiempo, danzamos con él, por momentos nos agitamos y por otros nos tropezamos, pero no podíamos dejar de danzar.
Si todo nos quitan, nos quedan los recuerdos, algunos con olores, sensaciones y colores. Humano es recordar llorar y sonreír.
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