Desolado como nunca antes. En aquel entonces, a lo lejos, podía sentir el mar ruidoso; la arena, lista para ser pisoteada por nuestros diminutos pies que corrían sin parar; el viento, que hacía bailar a los árboles en cada ronda, como si también quisiera jugar. A veces se detenía, y nosotros inventábamos otro juego. Nada impedía nuestra libertad: el andar era seguro, distinto a mi hogar. Todavía recuerdo el viejo letrero por el que pasaba al llegar; con solo verlo, la emoción se me subía al cuerpo, la ilusión del reencuentro.
Existen mañanas tramposas que me hacen querer regresar. Me despierto con gritos que dicen mi nombre: es el eco de esos niños que nunca se cansaban de esperar. Yo siempre me cambiaba rápido, con apuro y sonrisa, y salía. Finalmente anochecía, y aunque nadie quería dejar de jugar, sin darnos cuenta, una de esas noches fue el final. Cada uno entró por su puerta y no volvió a salir. No me volvieron a llamar.
Pasaron los años y ya no encuentro la inmensidad de aquella felicidad: las risas al correr, los nervios de cada escondite, el castillo de ramas que creíamos indestructible, el tejo bajo techo cuando llovía a cántaros, las casas viejas que nos invitaban a entrar, la pelota que pateábamos con tanta fuerza y que nunca queríamos guardar. Todo eso quedó ahí, detenido en el tiempo. Y nada de eso volverá.
Hoy vuelvo a este lugar, pero no es igual. No es lo mismo porque ya no están… aunque sí lo están. A veces los veo asomarse por una ventana, en una risa ajena, en una sombra que pasa. Sé lo que piensan, lo pensamos todos: qué bonito sería volver a conocernos, volver a cruzar el letrero, encontrarnos otra vez y ver cada uno de sus gestos. Pero hoy solo son miradas que despiertan sentimientos. Yo creo que brillan porque son el reflejo de tan buenos momentos.
Así que sí, llegó eso que tanto negábamos aceptar: crecimos, cambiamos y no volvimos a reencontrarnos.
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