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un extranjero en mi propia piel ★

jjang

Aug 30, 2025

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me despierto sudando, con la boca amarga y los párpados pesados. no he soñado nada, pero siento el cuerpo desgastado, como si hubiera corrido kilómetros en un desierto del paisaje de mis sueños. la sábana se me pega a la piel y no tengo fuerzas para moverme, mucho menos moverla. el ventilador gira lento y empuja aire caliente que no sirve de nada en este atosigamiento. hoy quise quedarme tendido un buen rato, mirando las manchas del techo que parecen multiplicarse; no hay diferencia entre abrir los ojos o cerrarlos, aquí el día me arrastra de todos modos.

me levanto con torpeza, camino descalzo por el suelo áspero y siento el polvo pegado a los talones. en la mesa hay un pedazo de pan rancio que mastico sin ganas, acompañado de agua que lleva días en el vaso y tiene un sabor metálico. el estómago no me pide comer nada desde hace semanas, pero hay que obedecer a la costumbre de alimentarlo, en donde cada bocado me recuerda lo interminable de la rutina: comer, tragar, esperar. afuera escucho voces que se mezclan con motores, bocinas, radios que escupen canciones de moda que ni siquiera me preocupa conocer. me acerco a la ventana y veo lo mismo de siempre: gente cargando bolsas demasiado pesadas, perros flacos que buscan comida en la basura, vendedores con la mirada perdida ofreciendo productos que nadie quiere. los observo con la misma apatía con que me miro en el espejo. todos avanzamos sin dirección, apenas respirando, apenas sosteniéndonos en pie.

regreso a la silla y me hundo en ella. el asiento está flojo y cruje bajo mi peso. me quedo inmóvil durante horas, mirando los objetos que me rodean. el vaso vacío, la mesa llena de polvo, la cortina deshilachada. todo parece gastado, usado hasta la extenuación, igual que yo. aquí solo hay desgaste y hace mucho que he dejado de encontrar belleza en las cosas que se supone un día me animaba. mi deterioro no necesita testigos, pero aquí estoy, mirando cómo las cosas se pudren al mismo ritmo que mi paciencia. el calor crece con las horas y la ropa sigue pegada a mi cuerpo. me limpio el sudor con la manga, pero vuelve de inmediato, insistente. respiro aire espeso, saturado de humo de cigarro que se cuela desde alguna ventana cercana. me mareo. a veces pienso que el aire de la ciudad está hecho para sofocar a quienes la habitamos, pero tampoco creo que este planeta esté hecho para mí. me he pensado viviendo en marte, en venus, en cualquier lado menos aquí… donde cada inhalación es un trabajo forzado.

cuando estoy aburrido abro un libro para engañar el tiempo, pero las palabras me resbalan de los ojos. ninguna frase logra atravesar este letargo; paso páginas sin entender nada y, al final, cierro el volumen con fastidio. los libros se acumularon con el paso de los años como muebles muertos, sin la capacidad de iluminar nada. me doy cuenta de que busco sentido en letras, pero no lo encuentro, de esa forma en que ya no lo hallo en la televisión, en el internet. lo que encuentro en cada registro humano es la confirmación de un cansancio que no se acaba. el cuerpo me pesa y mis hombros cargan un cansancio que no se quita ni con sueño. mis rodillas crujen al doblarse, mis manos tiemblan al sostener el vaso. cada parte de mí parece estar hecha para recordarme lo inservible que es todo. no siento dolor agudo, pero el malestar es constante. lo peor es saber que decidí dejarme aquí: porque si estoy así, es porque me cansé de buscar mejora. hasta eso es cansado.

cuando cae la tarde, la calle se llena de gritos. vendedores que ofrecen lo mismo, compradores que regatean con rabia, niños que corren descalzos. el ruido es incesante, me golpea los oídos, y pienso que la vida en esta ciudad es un escándalo vacío. cada voz busca imponerse sobre las demás, pero ninguna dice nada. me siento ajeno a ese mundo, porque soy incapaz de participar de él.

regreso a la cama antes de que anochezca del todo. me acuesto sudado, para variar, con el estómago lleno de pan duro y agua tibia. me quedo mirando el techo, sin esperar nada, sin buscar consuelo. escucho los insectos arrastrarse en las paredes y me pregunto cuánto tardará en desmoronarse este cuarto, si el techo caerá primero o si las paredes se abrirán hasta dejar entrar el polvo del exterior. imagino mi cuerpo enterrado bajo los escombros, sin que nadie lo reclame, sin que nadie lo note. la idea no me produce miedo ni alivio.

me quedo así, inmóvil, con la respiración pesada y los ojos abiertos en la oscuridad. cada día se repite con una fidelidad brutal. cada gesto, cada ruido, cada objeto vuelve a su lugar. la vida no avanza ni retrocede. se estanca y yo respiro dentro de ese estancamiento, me pudro con él, y cada noche espero que el sueño me saque un rato del cansancio, aunque al despertar todo siga igual.

jjang

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