...
Ni todo ni tan bueno.
En aquellos seis de trabajo, Dios no creó el silencio; este se hizo cuando la gente, al fin, solo habló de lo que sabía.
Aquellos habían sido días extraños, días de noches eternas que se consumían en instantes oscuros precedidos de silencios atronadores. Los cuerpos, flagelados, heridos de un doloroso placer, renacían de su propia muerte, sin alma, sin conciencia ni consciencia. Sin temor. Así, encubiertos los desdenes, las estrellas se ocultaban a las miradas terribles de la desesperanza... y nacían de nuevo. Y morían otra vez. Y eran sin ser. Y sin ser... eran.
Fluye desde entonces el amargo fluido de la desgracia.
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