Recién era jueves, pero el Gitano tenía todo lo necesario para encarar un viernes... por la noche.
Todo empezó de la siguiente manera:
Abrió los ojos.
Se quedó quieto, analizando las manchas de humedad en el machimbre del techo.
Respiró profundo.
Agarró el teléfono.
No era necesario, pero si quería, podía empezar —ya desde bien temprano— a convivir con la calle.
Cero pesos en la cuenta.
El efectivo, escondido en alguna maceta —ahora— inaccesible.
Igual, sabe que no necesita un peso.
Se las arregla.
Para almorzar.
Para fumar.
Para lo que pinte.
—¿Qué onda, Gitano? Vamos a tomar una birra al Tanque.
—No tengo un mango.
—Vamos, gato, después vemos.
El día estaba espectacular.
Ing. Pablo Nogués: verde y asfalto, villas y zonas céntricas, cumbia colombiana y santafesina, gente que a las cinco de la tarde toma mate o toma vino.
Quince cuadras hasta la ranchada.
Bajo el sol de otoño.
Renegando por no tener un peso… aunque no lo necesitara.
Birra va, vino viene.
El Gitano casi no escabió, tenía compromisos más tarde.
Lo único que dio vuelta
fue un nevado,
parecido a un dedo de momia.
Quedó un poco “cruzado”.
—Joaco, me voy a la mierda, tengo que ir a cursar.
—Vamo’, hermano. Me voy a tirar un rato yo también. Capaz después rescato unas flores, te chiflo.
—Capaz que yo también, date una vuelta después.
Cinco minutos antes, le había llegado un mensaje del Samu:
Gitano, si estás en el barrio, venite para casa. Si estás con Rancho, decile también.
Se despidió de Joaco.
Pasó por su casa.
Se cambió.
Agarró lo necesario.
Y salió.
—Hola, mano, tanto tiempo. Estamos con los pibes fumando en el fondo. Pero si querés, fumemos uno acá y charlamos un toque. Me separé y me puse de novio, guacho. ¿Vos qué onda?
—Dale, hermano, yo no tengo mucho para contar. Me saqué la clavícula, me fui a vivir a Ciudadela, arranqué el secundario.
Fumaron flores, nevados, alguno “se pegó un tirito”.
El Gitano se tenía que ir a cursar.
Las flores habían hecho lo suyo.
Tenía ganas de quedarse.
Pero se fue.
—Mano, no te veo hace una banda y se te extraña, cuando termines vení a comer. Tomá, llevate esto para fumar antes de entrar.
Tuvo clases de inglés, con una profesora exigente.
Encontró un punto justo:
participar
sin perseguirse por el olor
ni por los ojos rojos.
Llegó el recreo.
Se quedó sin cigarrillos.
Miró alrededor.
La salvación: un compañero.
—Amigo, ¿tenés un cigarro que me convides? Se me acabaron.
—De una, amigo, los cigarros y el porro no se mezquinan.
—¿Vos fumás?
—Sí.
—Vamos a prender uno en la esquina.
El Gitano pensó: a mí se me pegan.
El pibe había estado preso dos meses.
Después, hospital psiquiátrico.
Había salido hacía menos de un año.
Tenía que portarse bien hasta diciembre de 2026.
Si se mandaba una,
lo volvían a encerrar.
La clase terminó.
Fumaron otro.
Y el Gitano, sin pensarlo demasiado, volvió a lo de Samu.
En la vereda había gente.
Pibas y pibes del barrio.
Caras conocidas.
La comida abundaba.
Solo tres comieron.
La noche cerró con más nevados.
A las dos de la mañana, decidió irse.
Samu lo frenó antes de salir:
—Arriba del ropero hay una rama entera, llévala.
Volvió al barrio.
Se acordó de Joaco.
Le mandó un mensaje.
Joaco respondió: acá hay todo, venite.
Misma historia.
Diferentes personas.
Pibes y pibas tomando vino.
Fumando porro.
Tomando cocaína.
Miradas van.
Miradas vienen.
El Gitano solo quería pasar el rato.
Recordar un poco.
Una de las mujeres se acercó.
—Vos prometiste un porro hoy.
—Yo a vos no te prometí nada.
—Buee... no importa, lo dijiste en frente mío.
—Acá tengo, armá uno grande y que dé la vuelta.
—¿Y si lo fumamos solos, nosotros dos?
Miró la hora.
—No voy a llegar a fumarlo solo mano a mano. Aparte, ya estoy re loco.
—¿Ya te vas?
—En un rato. Estoy cansado.
—Mi nombre es ******.
—Mi nombre es ****, pero me dicen Gitano. Tomá, te regalo el porro.
—Fumemos una seca juntos.
—Lo prendo y me voy.
—Sos difícil de entrar.
—¿Y qué pretendías?
—No sé. ¿Charlar?
—¿Te gusto?
—Sí, pero más me llamás la atención.
—Te estás metiendo en una que no te conviene. No vas a conseguir más que un polvo, que me mandes un mensaje de texto y te deje en visto.
—Bueno, gracias por avisar. Igual me voy a arriesgar. Anotá mi número. Si un día estás aburrido, me escribís y hablamos.
—¿Dijiste hablar?
—Sí, jaja. ¿No te gusta hablar?
—Mis problemas suelen empezar después de “hablar”.
—Mirá qué casualidad, a mí me pasa igual.
—¿Me estás descansando?
—Anotá mi número y andá a dormir, nadie te obliga a nada. Yo no estoy buscando marido. Aunque una nunca sabe. ¡Jaja!
—Alta guacha atrevida sos.
—No me gustan los giles. A esos, con una fotito en tanga, les saco el sueldo y les arruino la carrera.
—¿Y yo soy gil?
—No sé. ¿Viste alguna foto en tanga mía?
—No.
—Encima responde. ¡Jaja! No, no viste ninguna porque yo no subo fotos en tanga, no soy de esas. Yo soy puta del que yo quiero —le da un beso en la mejilla—. Chaaauu.
Se fue a acostar.
Antes de dormir, pensó:
¿Por qué, cuando no estoy buscando nada, pasan estas cosas?
Se quedó pensando en las palabras, en los gestos.
Algo no cerraba.
Our picks
Become a supporter of quaderno
Support this independent project and get exclusive benefits.
Start writing today on quaderno
We value quality, authenticity and diversity of voices.


Comments
There are no comments yet, be the first!
You must be logged in to comment
Log in