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Un día de estos

Mar 15, 2026

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Un día de estos
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Un día de estos
voy a despertar temprano
sin que me lo pida el reloj
ni la ansiedad
ni ese animal oscuro
que vive en mi pecho
y que cada madrugada
se alimenta de recuerdos.

Un día de estos
voy a abrir la ventana
y el aire no va a oler
a despedida.

Porque hay mañanas
—lo sabes—
en que el mundo parece una habitación abandonada
y uno camina entre los muebles de su propia memoria
como quien reconoce
los restos de un incendio.

Un día de estos
voy a dejar de preguntarme
en qué momento exacto
la vida se volvió una sucesión de ausencias.

Tal vez fue aquella tarde
en que tu risa se quedó suspendida en el aire
como una lámpara encendida
en una casa donde ya nadie vive.

O tal vez fue antes.
Mucho antes.

Cuando todavía creía
que el amor era un territorio firme,
una especie de patria
donde uno podía dormir
sin miedo a la intemperie.

Pero ya ves.

Uno crece
y descubre que el amor
también sabe irse.

Que hay abrazos
que duran lo mismo
que una canción en la radio.

Que hay promesas
que se evaporan
como la espuma de una cerveza olvidada
sobre la mesa de un bar.

Un día de estos
voy a volver a pasar
por aquella calle.

La de las cafeterías pequeñas,
las de las conversaciones largas,
la de las tardes donde el tiempo parecía
un animal domesticado.

Recuerdo tus manos
dibujando círculos en el vaso de malteada
como si el universo dependiera
de ese gesto.

Recuerdo tu vestido
—sí, ese de flores—
moviéndose apenas con el viento
mientras caminabas
como si la ciudad entera
hubiera sido construida
solo para verte pasar.

Y yo,
con la torpeza de quien ama demasiado,
intentando memorizar
cada segundo.

Porque uno lo sabe
aunque no quiera admitirlo:

hay instantes
que ya nacen con nostalgia.

Un día de estos
voy a sentarme frente a mí mismo
como quien se encuentra con un viejo amigo
después de muchos años.

Y voy a preguntarme
por qué sigo escribiendo.

Por qué sigo levantando
estas pequeñas catedrales de palabras
hechas con los restos de lo que fue.

Tal vez porque escribir
es una forma elegante
de no morirse.

Tal vez porque cada verso
es una botella lanzada al mar
con la esperanza absurda
de que alguien la encuentre.

O tal vez porque dentro de mí
todavía vive aquel muchacho
que creyó que el amor
era una promesa infinita.

Pobre muchacho.

No sabía
que el tiempo es un ladrón paciente.

Que el tiempo se lleva las voces,
los lugares,
los cuerpos,
las canciones que parecían eternas.

Y sin embargo
aquí sigo.

Con la obstinación de los náufragos.

Un día de estos
voy a dejar de escribirte.

Voy a cerrar todas las puertas
por donde entra tu recuerdo
como una lluvia lenta.

Voy a borrar tu nombre
de las paredes invisibles
donde todavía lo repite mi cabeza.

Pero no hoy.

Hoy todavía no.

Porque hay noches
—como esta—
en que el silencio pesa tanto
que uno necesita hablar con los fantasmas.

Un día de estos
voy a volver a reír
sin que me tiemblen las manos.

Voy a mirar a alguien a los ojos
sin pensar
en cómo se veía el mundo
cuando tú también estabas ahí.

Un día de estos
voy a caminar ligero
como si el pasado fuera solo
una historia mal contada.

Y tal vez entonces
entenderé algo simple:

que la vida no era aquello que perdimos,
sino todo lo que seguimos respirando
a pesar de haberlo perdido.

Un día de estos
voy a mirarme al espejo
y no veré al hombre que sobrevive
entre poemas.

Veré a alguien
que aprendió a vivir
con sus ruinas.

Alguien que entendió
que el amor no siempre vuelve,
pero que la memoria
—maldita y hermosa—
siempre encuentra la forma
de quedarse.

Un día de estos
tal vez ya no duelas.

Tal vez tu recuerdo
sea solo una canción lejana
que escucho sin tristeza
mientras manejo de noche
por alguna carretera vacía.

Tal vez.

Pero mientras tanto
déjame escribirte una vez más.

Porque hay historias
que no se terminan.

Solo cambian de forma.

Se vuelven poema.
Se vuelven cicatriz.
Se vuelven silencio.

Y uno aprende
a vivir dentro de ellas
como quien habita
una casa
que se derrumbó hace años
pero que todavía
—por alguna razón inexplicable—
sigue siendo hogar.

Luis Cortina

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