Tu amor, un dios malvado y cruel. Un dios oscuro que exigía sangre para poder satisfacer su hambre voraz.
Cuando te amé, me convertí en tu sacerdotisa. Decoré tu altar, lo cubrí con ofrendas para ver si con ellas lograba apaciguar tu furia, tu crueldad. Me convencí de que, para ser digna de ti, de tu gracia, debía rendirte culto, un culto ciego; sin preguntas, solo obediencia frente a tus exigencias.
Creí ingenuamente que, si cumplía tus deseos, si era capaz de soportar el dolor, me considerarías digna de poder acompañarte a la oscuridad.
La oscuridad concedía; la había visto cubrir tu cuerpo con una niebla que se asemejaba al color del cielo antes de una tormenta de verano. La había visto marcar, comer y curar a través de tus manos.
La oscuridad era capaz de conceder el mayor de los regalos: la “inmortalidad”. Y yo, que ansiaba desesperadamente poder seguirte hasta ella para poder vivir una vida inmortal a tu lado, fui capaz de los peores pecados en nombre de tu amor —en tu nombre—. Me convencí de que, si aquellos males eran el precio a pagar por seguir a tu lado, valían la pena.
Convertí tu amor en mi fe y, cuando tú desapareciste, dejándome sola, tuve que pagar el precio de todos aquellos pecados que había cometido.
Me obligaste a convertirme en la sacerdotisa de un culto que perdió la fe en su dios.
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