Érase un ser divino con forma de muchacha , que sirvió con los ojos cerrados, en unos cielos que llamaban santos por costumbre y no por verdad.
Hasta que un día los abrió.
Vio lo que el dios hacía llamarse dios no perdonaba, no era espejo de nada puro. Vio los rituales, las ofrendas, las plegarias dichas por miedo y no por fe — raíces finas hundidas en pueblos enteros, bebiendo su vida en silencio, generación tras generación, sin que nadie supiera que estaba siendo bebido.
Por haber enfrentado las atrocidades del dios, pagó. Le rompieron la máscara de luz. Le arrancaron un pedazo del alma y la enterraron donde nadie reza: los sótanos de una iglesia, en un pueblo que el mapa olvida.
Pasaron siglos como pasa el polvo. Sin prisa. Sin testigos.
Hasta que unos pasos equivocados bajaron donde no debían.
Una sacerdotisa la encontró rota y no supo qué hacer, así que empezó por lo simple: llevarle pan. Después, confianza. Después, la libertad.
Pero un calabozo vacío no guarda secretos. La orden lo supo enseguida, y el alto sacerdote mandó a los suyos: armaduras marcadas, entrenadas para no dudar.
El camino a las colinas estaba tomado. Puestos de control, emboscadas entre los árboles, soldados que atacaban antes de preguntar.
En las colinas la esperaba un ermitaño que había escapado de la misma orden, décadas atrás, con la misma verdad ardiendo en el pecho.
Antes de hablar, la llevó afuera. Le mostró a otro de su especie — tan débil que apenas era una sombra de sí mismo. "Intenté lo mismo hace eones. Nunca encontré mi fragmento. Esto es lo que queda de no encontrarlo a tiempo."
No era una amenaza.
Al norte, entre ruinas, un ogro guardaba sin saberlo la reliquia más preciada del mundo: un pedazo de alma que confundía con oro.
La orden llegó a la cabaña del ermitaño apenas ella se fue. No hicieron preguntas. No dejaron nada en pie.
Al arribar con el ogro, negoció, tuvo que realizar mil y una pruebas, pero ganó. El fragmento volvió a sus manos y con él, algo que no era esperanza. Era hambre.
Lo que quedaba no era una búsqueda. Era una cuenta pendiente.
Para llegar a los cielos oscuros hacía falta un portal, y todos los portales tenían dueño. Encontrar uno abierto costó sangre y tiempo — la orden no dejaba de cazarla, ni un solo paso del camino.
Cuando por fin encontró uno, no encontró silencio. La esperaba el alto sacerdote, el hombre que había sostenido la mentira durante siglos, parado ahí como si su vida dependiera de detenerla.
Dependía.
Cayó.
Cruzó al fin el portal.
Del otro lado, en los cielos que ya no eran oscuros para ella, esperaba el ser de mil ojos y cuatro alas — una mirada que no conocía el perdón.
Nadie que la subestimó llegó lejos.
Hasta ahora.
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