Un Amor Verdadero
Seraphiel.
Hace muchísimo tiempo, en lo más alto de las tierras ocultas entre las nubes, existió un Ángel llamado Valentín.
Era un joven de gran belleza, cabello rizado en un tono avellana, ojos perlados que parecían espejos, cuerpo esbelto y una piel tan suave como la porcelana. Este ángel era alguien especial, para los Dioses, él era el próximo candidato a ser el Semidiós del Amor, un ser celestial que proclamaba el romanticismo y lo esparcía a dónde tuviese que llegar.
Aun así, Valentín tenía un hermano Mellizo.
Su nombre era Amadeo, un ángel igual de hermoso, pero con ojos café que lo diferenciaba con sutileza de su melgo. Sin embargo, había algo que delataba esa diferencia más que cualquier aspecto físico, y esa era su forma de amar. Valentín era alguien carismático, intenso, pero a veces muy ilusionado. Amadeo, siendo su contrario, era realista, cometía errores, y no era muy demostrativo. Fue así, esa misma diferencia lo que los llevó a una separación que lo cambió por completo.
Los ángeles se reunieron en el coliseo. La Diosa Gaelia, madre de todos los seres Angelicales presentes, anunciaría un nuevo objeto sagrado que se guardaría en el olimpo de las estrellas, creado para asegurar la confianza absoluta entre los presentes, y de esa forma, designar a los nuevos guardianes del mismo.
—Rápido Valentín, ¡Llegaremos tarde otra vez! —alzó la voz Amadeo mientras volaban por el lago de los deseos humanos. El cielo estaba oscureciendo, las estrellas comenzaban a despertar a medida que los astros volvían de su arduo trabajo de constelaciones, y mensajes que el universo enviaba a los humanos.
—¿¡Te puedes apurar de una maldita vez?! —Gritó Amadeo viendo la forma en el que su mellizo se quedó mirando uno de los deseos, el cual flotaba en el lago como un recuerdo perdido. Valentín reaccionó y salió volando lo más rápido que pudo, con una sonrisa genuina que brillaba junto a sus mejillas rosadas—. ¿Otra vez viendo a ese humano? Estuvo deseando múltiples cosas desde hace meses.
Comentó con molestia Amadeo, a su vez que se acercaban de a poco al coliseo, mientras el cielo se decoraba de ángeles que volaban hacia el mismo lugar.
—Si… lo siento. ¡Pero es que es agradable! Se le nota preocupado por su madre… —comentó Valentín con una ligera tristeza.
—Hermano… —advirtió Amadeo.
—Solo, ¡piénsalo! Él necesita de nuestra ayuda. Su madre atraviesa un cáncer y su ex pareja lo dejó… es muy triste. Siempre deseó que lo amaran con sinceridad, pero ha estado velando por su madre para que se recupere.
—Valentín… —volvió advertir su hermano mellizo con el ceño fruncido.
—Además, ¿no crees que es hermoso? Es como un ángel, aunque fuera un simple mundano. Tal vez si bajo y le doy el amor que necesita, podrá tener las fuerzas suficientes para soportar la enfermedad que—.
—¡Valentín! —Amadeo lo interrumpió—. Deja de decir esas cosas. Somos ángeles, no humanos. No podemos salvar a todo el mundo, ellos necesitan seguir con su ciclo de vida. —se detuvo frente a él dejando que sus alas aletearan al son del viento—. Y sabes a la perfección que nosotros no podemos relacionarnos con los humanos. Así que quítate eso de la cabeza y apurémonos que si no padre se enojará por culpa tuya.
Dicho eso, ambos hermanos continuaron su recorrido hasta que llegaron al gran escenario. Gaelia se mantenía firme, irradiando con su cabello de oro y su halo puntiagudo lleno de rosas blancas, seguido de una túnica de seda que cubría únicamente sus piernas.
La gran noticia se anunció, la diosa creó un manto que concedía cualquier deseo que uno anhelara, a cambio de su vida. Un fragmento prohibido, debido a que tenía un poder maldito que cegaba a aquel que tuviese un instinto de obtenerlo, pero suficiente estratégico para una vez más, ella confiar en sus amados hijos la verdad absoluta. Amadeo y Valentín aplaudieron eufóricamente ante las nuevas noticias, pero estaba claro que solo uno de ellos tenía un sentimiento que iba más allá de las reglas.
Durante la temporada de primavera, Valentín siguió observando a ese humano, cuyo nombre era Tahiel, quien continuaba sus estudios en una academia de arte, a su vez que trabajaba en una cafetería para costear el tratamiento de su madre. El ángel lo observaba desde su nube con el rubor en su mirada y la esperanza en lo alto de su cabeza. Día y noche, le gustaba verlo mientras hacía su rutina, pero a medida que transcurría el tiempo, terminaba sollozando junto a él en un mar de lágrimas, por la tristeza de no tener la suficiencia para ayudarlo como quería. Una noche, Valentín decidió descender del cielo. Él estaba autorizado de todas formas. Aquellos que tengan un rango alto, se les tenia permitido bajar y guiar a los humanos a su destino, sin embargo, el ángel no iba con esa intención.
Las flores en ese parque estaban cerradas debajo la luz tenue de la luna. La noche era oscura, pero fresca, y el llanto de Thaiel sonaba apenas como una criatura sensible en búsqueda de calor. Valentín se acercó, pero cambió su vestimenta y escondió sus alas en un collar perlado.
—Disculpa… ¿Puedo sentarme contigo? Te he visto llorar… y me pareció que necesitabas ayuda —preguntó Valentín notando como el chico lo miraba sorprendido.
Aquella primera conversación fue el inicio de algo que comenzaba a cambiar el ánimo de Tahiel, porque desde esa vez, Valentín se reunía con él cada que podía. Sin embargo, fue poco tiempo después que descubrió que Thaiel soñaba con él, y que decía verlo como un ángel, solo que el humano no creía que fuese algo real, sino, una coincidencia que demostraba la diferencia de creencia en ambos. Pero a Valentín no le importó, al punto que el contacto distante entre ellos terminó siendo nulo, algo que Amadeo pudo sentir en cuanto su corazón comenzó a latir.
Durante la mañana de la despedida, el clima templado por el frío del otoño y los colores cálidos, daban la bienvenida a la nueva temporada. Amadeo estaba furioso, había discutido con su mellizo toda la mañana en el lago.
—¡¿Estás demente?! Valentín por favor, despierta de una vez, ¡no te puedes enamorar de un humano! —Dijo Amadeo con horror tratando de hacerle entender a su Melgo lo peligroso que era romper esa regla.
—¡Tú no lo entiendes! ¡¿Cómo puedes saber lo que es amar si nunca has amado?! —Respondió Valentín entre lágrimas mientras se abrazaba a sí mismo temblando de la impotencia—. Tahiel me necesita… Es adorable, buena persona e inclusive ha estado soñando conmigo antes de conocerme. ¡Somos almas gemelas!, me necesita, tanto como yo a él.
Amadeo no podía creer lo que escuchaba. Su tonto hermano tenía ese pensamiento de almas gemelas desde que nació, diciendo que algún día lo encontraría y se enamoraría. Pero, ¿de un humano? Eso era el peor pecado, la lujuria entre un ángel y un mundano era un ticket directo al infierno. Sin embargo, su mente, llena de estrés, habló antes que su corazón.
—¡¿Sabes qué?! ¡Haz lo que quieras! ¡Me tiene harto tú… y tu estúpida forma infantil de ver las cosas¡—Titubeó— ni siquiera sé como puedes ser candidato para ser El Semidiós del Amor si eres ciego del mismo!
Aquello último fue la gota que rebalsó el vaso, causando que Valentín huyera de forma inmediata en dirección al coliseo. Aun así, muy en el fondo de su corazón, Amadeo se arrepintió. Y temiendo a perderlo, trató de seguirlo. Pero Valentín ya había llegado al coliseo.
Entró con sigilo, usando sus poderes del amor y terquedad, logró que los guardias se distrajeran entre ellos mismos, mientras él tomaba el manto color obsidiana que ahora cubría su cabeza, sus hombros y su corazón.
—Deseo ser un humano y acompañar a Tahiel en su proceso como guía real. Estaré con él eternamente —mientras oraba, la manta comenzó a brillar en un tenue rojo que combinaba con las lágrimas del ángel—. Abandono mi cargo, mi espiritualidad, mi vida y mi lealtad para entregárselo a mi hermano. Él tomará mi lugar, y con esto, él lo entenderá. Mi amor por Tahiel es real, así fue y así será. Ese es mi deseo.
Bajo un fulgor celestial que los propios astros detuvieron su mirada para admirar, Valentín desapareció en un diluvio de partículas que brillaban y se desvanecían junto al manto oscuro. El amor era ciego, a veces lindo y duradero, en otras, doloroso como agujas en la piel. Amadeo lo comprendió, claro que si, aunque gracias a eso, durante mucho tiempo estuvo abominando a los humanos. Culpándolos de cosas que no le correspondían. Hasta que su alma recobró la luz que casi perdía.
Ya habían pasado años desde que Amadeo observó a su melgo desaparecer. Si, él había ascendido como el dios del amor real, y aunque el evento lo llevó a reflexionar durante mucho tiempo, sonreía al ver el hombre que se había convertido su antiguo hermano, siendo feliz junto al humano.
—Padre, si el cuento es sobre ti y el tío, ¿Cuándo podremos conocerlo? —Preguntó la voz del pequeño Aurelio, quién agitaba sus menudas alas con esa mirada llena de determinación.
— ¡Sí, Padre! Melgo tiene razón… —Agregó Lucero, su melliza—. Siempre nos cuentas sobre él… Pero, ¿dónde está?
Amadeo soltó una suave risa que resonó entre ellos. Cerró el viejo cuento y les hizo señas a ambos polluelos para que se acercaran.
—¿Ven a ese muchacho de ahí? —preguntó señalando con el dedo hacia abajo, dónde se encontraba a millas de distancia, un joven adulto de ojos grises con el cabello recogido, sosteniendo un ramo de flores frente a un museo. Los hermanos se inclinaron un poco hacia el lago, para observar el reflejo que su padre señalaba—. Observen con atención, y diganme qué está deseando ahora…
— ¡Que a su novio le gusten las flores! —Mencionó la niña con entusiasmo, haciendo que su mellizo la mirara mal por ganarle en la respuesta.
—Muy bien —rio Amadeo—. ¿Y cuál es su nombre? —Volvió a preguntar, justo cuando Aurelio le tapó la boca a su hermana al ver como se formaban las letras.
—¡Tahiel! ¡Ese es el tío Valentín! —Esta vez, se acercaron más. Casi con las narices tocando el agua mientras Amadeo le sostenía los cinturones hechos de una cuerda dorada. Fue así como contemplaron la salida del joven que había terminado su exposición de arte, y quien al ver a su pareja esperándolo, corrió hacia él para abrazarlo. Amadeo hizo silencio, mientras una pequeña lágrima caía de su ojo izquierdo ahora perlado, que no podía contener la emoción de ver a su mitad, felizmente enamorado.

Seraphiel
Hola, ¿cómo te sientes hoy? Quiero presentarte el mundo que surge dentro de mi mente. Soy un escritor independiente y principiante que desahoga sus emociones. ✨️💭
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