ÜLKANTUN DE SANGRE
Permítanme la palabra,
ya los escuché con respeto,
ahora escúchenme a mí.
Porque vengo con la palabra de vuelta del abismo.
¡YO SOY EL QUE VUELVE!
El nieto del árbol quemado,
el nieto de la papay sin nguillatu,
el que habla con la lengua acuchillada.
Vagué por tierras sin nombre, sin destinos.
Por bandera, solo el kupalme de mi abuela.
Apellidos que ardían en la iglesia.
La evangelizaron.
Pero en las mañanas maternales,
cuando la tetera hervía
y el sol aún no calienta,
se le escapaban cantos.
Sonidos guturales.
Pedazos de mapudungun fermentado,
como pus que brota de un estigma cristiano,
como aves maltrechas sin plumas que remontan un vuelo agónico.
Yo la oía,
temblando sin saber por qué.
Con la oreja desde el vacío,
niño solo y sin linaje a la vista,
con hambre de palabras que nadie enseña.
Mi abuela, campo arrasado, con biblia y sin lawen,
cantaba en la penumbra del alba,
y su voz,
supuraba la memoria que a mí me fue negada.
Mi vergüenza,
no era ser mapuche,
mi vergüenza,
era no saber CÓMO serlo.
No culpo el amor a Dios de mi abuela,
quizás fue el consuelo de un püllü desgarrado,
que sólo rogaba equilibrio en medio del despojo.
Aun así, me dio un eco, un aliento,
una ruka vernácula donde me fui pariendo solo.
Porque no me dolía ser mapuche.
Me dolía no serlo del todo.
Pero ahora vengo,
con la lengua ensangrentada,
vengo a gritar:
IN CHE TA PEÑI PAILLAN.

Alejandro Diaz
Poeta mapuche del desgarro y la memoria. Canta con furia y ternura, entre cuerpos heridos y ancestros que danzan. Su verso arde entre el amor perdido y la raíz viva.
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