Como si aún oyera al pájaro cantar,
eligió la dirección del sol
y caminó sobre el risco,
al filo mismo de la pendiente,
creyendo en esa exposición luminosa
como si fuera el riesgo natural de vivir.
Daría lo mismo andar por el borde
que atravesar una llanura,
si su vida dependía únicamente
de la fe puesta en cada paso.
Daría lo mismo morir en el barranco
que sucumbir a un tobillo roto
por tanto caminar.
Planicies, montañas, cañones;
lagos, ríos, cascadas:
todo igual, siempre igual,
todo salvo ese calor antiguo,
ese pájaro que había soñado
y que buscaba en el mundo.
Bajo el tirón involuntario de sus riendas, de las propias,
Vagó así sin prisa,
vagó por intuición,
soñando el canto
de un pájaro distinto.
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