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Tulipán naranja

PierriJ

Aug 18, 2026

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Tulipán naranja
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¿Cómo puede haber tanta humedad? Llegué a esta ciudad hace un mes y ella me ha recibido con tres elementos que se repiten: hospitalidad, la aburrida comodidad y la ya nombrada humedad. Gracias a mi tío, que me ofreció trabajar en una de sus tiendas, ya pude establecerme, pero dejé atrás mi vida de violencia y revolución. Sin embargo, los días suelen ser aburridos y húmedos. Por lo menos pude trabajar en una tienda en el centro de la ciudad y no tuve que ir a una pulpería en la campaña; eso sería peor. 

El día pasaba con increíbles aventuras: hacer el inventario, vender té a un portugués con aspiraciones londinenses, o regatear con una criolla por unas vasijas peruanas que imitan los diseños chinos. Esperar en los tiempos muertos de la tienda era terrible porque ahí mi mente me jugaba la mala pasada: me atormentaba con los errores de mi pasado, me hacía recordar el tulipán que no le pude dar a Julia o me obligaba a soportar la voz aguda de la hija de mi tío que cada día venía con la intención de ayudarme.

Mi día había pasado como todos los otros. Ya había vendido las vasijas, pero no había llegado el momento de atormentarme cuando escuché un bullicio en la calle. Salí por la puerta y vi a un hombre blanco y calvo de estatura mediana golpeando a un negro que no llegaba nunca a levantar las manos para poder defenderse. Me hirvió la sangre y tuve que meterme. El golpe dio directo en su mentón, impulsado por mi carrera. Ese impacto lo hizo detenerse al instante. Entonces se volvió hacia mí para quejarse.

—¡Déjalo! ¿No ves que no puede defenderse? —exclamé mientras me interponía entre ambos.

—¡No tienes por qué meterte! Este es un asunto mío y del zambo asqueroso ese que quiso venderme una vasija mala como original de China — Me dijo el calvo con su cara completamente roja por la vergüenza y el enojo. 

—¿Zambo? ¿Cuántas categorías tienen para los estamentos sociales aquí? —  Cuando miré hacia atrás, vi que el supuesto zambo se había ido corriendo, aprovechando la distracción. 

Se ve que el golpe, la huida de su víctima y la ventaja de altura entre nosotros fueron suficientes para disuadir al calvo, que se fue insultándome. Eso me dio pie para volver a la tienda, mientras me martillaba el corazón. Al volver, recordé que esto era lo que solía hacer, lo que perdí con el tiempo y las derrotas. Los viejos tiempos, añoranzas de momentos mejores. Y, a pesar de todo, volví a hacerlo. Cuando comenzaba a acomodarme detrás del mostrador, vi entrar a aquella mujer alta, casi tanto como yo. ¿Tendría realmente un metro ochenta? Quizá la posición desde la que la veía me estaba engañando. Era de tez blanca y ojos un poco rasgados. Llevaba un vestido blanco de corte sencillo, entallado en el torso y de falda amplia, con un escote en forma de V enmarcado por delicados detalles celestes. En una de sus manos llevaba un tulipán naranja. Ella se acercó al mostrador y me dedicó una sonrisa con su pequeña boca roja.

— Me parece admirable lo que hiciste ahí por ese zambo — me dijo con un aire ominoso.

— Era lo mínimo que podía hacer. Además me encanta sacarle la sonrisa a quien se cree poderoso.

—  Se nota que no eres de aquí. ¿Extrañas tu hogar en el viejo continente?

Miré hacia la calle antes de responder, necesitaba ocultar lo que sentía.

—No mucho. No me quedó nada ahí que me atara para quedarme… 

Ella me miró y me volvió a dedicar una risita y dejó caer al suelo la flor que llevaba en la mano.

— No cambiaste nada, a pesar de todo lo que pasó, me gusta. Quiero decirte que hubiera aceptado el tulipán. Ya no te lo preguntes más. —  Después de decir eso, salió rauda hacia la puerta. Una lágrima me nubló la vista mientras se abría la puerta. En ese momento fue cuando todo empezó a encajar. Fui lo más rápido que pude a interceptar a esa mujer. No podía ser ella. Era imposible. Se suponía que había muerto. Cuando abrí la puerta no la encontré. La calle estaba abarrotada, pero nadie tenía ese vestido tan llamativo y elegante. Todos se vestían de forma más sencilla, sin tanto brillo, y ninguna mujer era tan alta ¿Había desaparecido? ¿Había existido? Al volver al centro de la tienda, encontré, frente a mi mostrador, el tulipán de color naranja con una nota atada en su tallo. Leí el papel, pero tuve que sentarme para poder leerlo por segunda vez. En el papel decía “Todavía sos el hombre que eras”.

PierriJ

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