Yo no sé muy bien porqué ocupas gran parte de mi tinta cuando escribo. Mis palabras, aquellas a las que cariñosamente me refiero como golondrinas negras, vienen a mí y te evocan con una facilidad avasalladora.
Te recuerdan mejor que mis ojos, que los dedos que te rozaron los hombros al saludarte cuando llegabas.
Te recuerdan mejor que mi voz cuando pronunciaba tu nombre o cuando reía contigo, mejor que mis oídos que te escuchaban hablar y no se cansaban nunca. Las golondrinitas vuelan por mi mente y entre las hojas de mis diarios, y es tan sencillo como abrirlos para dejar que inunden todo de ti, deseando que la ciudad se llene de tu esencia para que comprendan lo que realmente significa la libertad.
Si pienso en ti, ellas fluyen.
Si pienso en ti, nace el lenguaje.
Te retrato de siete mil formas diferentes, te guardo cuidadosamente en metáforas y mirlos, en tangos y milongas, en distintos versos, marcas de libros y páginas con esquinas dobladas. A veces no tengo la necesidad de buscarte: te me apareces en los graffitis de la ciudad, en los andenes del tren, en una boleta de supermercado o en los tatuajes ya grisáceos de extraños que van por la calle. Y cuando no te encuentro, es cuando comienzo a rastrearte por todas partes para asegurarme de que eres real, de que no eres simplemente un producto de mi mente.
Si pienso en ti, todo sana.
Si pienso en ti, nace la ternura.
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